Columnas.

De la indiferencia a la consideración

Por: Guillermina Rizzo

   De mi mayor consideración tengo el agrado de dirigirme a Usted...

   Encabezo “los temas vitales” con una forma tal vez en desuso, pues los mensajes de texto, los correos electrónicos, el WhatsApp y tantos otros recursos, herramientas y soportes han dado lugar a otros tratamientos en la comunicación.

   ¿Dónde quedó la consideración? ¿Un valor que decrece o heridas que permanecen abiertas?

   No es necesario ser un gran observador, menos aún terapeuta, para advertir que esta cuestión de la consideración pareciera estar en el ocaso, simplemente alcanza con experimentar sensaciones que frecuentemente se confunden con la ingratitud, la indiferencia, el desprecio y hasta la maldad.

   Mi querido lector, seguramente a usted le han inculcado la importancia de tender la mano a quien lo necesita, a ofrecer colaboración o la simple disponibilidad, máxime con el círculo más cercano de sus afectos.

   Puedo compartir con usted un infinito listado con las quejas que madres, padres, esposas, esposos, jefes, empleados, expresan a diario en el consultorio; el factor común la desconsideración. Frases tales como “no ayuda”, “me ve llegar con las bolsas del mercado y sigue inmutable frente al televisor”, “no arregla su cuarto”, “ni siquiera aparta la ropa sucia”, “jamás me responde un mensaje”, se convierten en una letanía; el resultado se traduce en angustia y dolor.

   Ser considerado implica ver y registrar las necesidades de los otros, también reconocer que ciertas circunstancias requieren de nuestra intervención, de modo tal que la acción se ejecute sin que medie solicitud. Consideración es dar, actuar, contener, ofrecerse ante una necesidad ajena, sin que otro lo pida.

   Un repaso por Introducción a las teorías de la personalidad, nos ilustra sobre el tema en cuestión. Según Bárbara Engler, autora, el ser humano, desde pequeño, tiene dos necesidades básicas: la de consideración positiva de los demás y la de autoconsideración positiva. La primera se refiere a la necesidad de ser y sentirse amado, y la segunda se da en forma automática si se ha recibido la primera de forma incondicional.

   A simple vista pareciera que quien es desconsiderado “lo pasa mejor” por “los aires” de comodidad; sin embargo, indiferencia, insensibilidad, frialdad, distancia, funcionan como anestesia afectiva que se traduce en “desaires” especialmente cuando lo que se espera es ayuda, colaboración, aliento, contención, ¡consideración!

   De mi mayor consideración le digo que si usted es de esos que no registra las necesidades ajenas y tiene dificultades para tender su mano, está en graves problemas, pues tales actitudes neuróticas lo mantienen atrincherado y protegido del miedo que lo acecha a ser ignorado, menospreciado, herido.

   La desconsideración es una coraza psíquica para proteger heridas de antaño que aún permanecen abiertas y para subsanar las fisuras emocionales; modelo de establecer relaciones que genera dificultades y conflictos vinculares.

   Tal vez el primer paso para cultivar la consideración sea reconocer el problema o la propia neurosis, la sensibilidad y el registro de los otros se construirá o reaprenderá por encima de la indiferencia y desconsideración.

   Tal vez deba ser considerado con usted mismo para poder elaborar y tramitar vivencias de su infancia, de su adolescencia, de modo tal de poder desplegar todo su potencial; más allá del sufrimiento y dolor que acarrea el proceso, considere la posibilidad de sanar o aliviar viejas heridas.

   De mi mayor consideración me despido hasta el próximo domingo.