"Mamá, ya no estamos solas"

Por Sol Azcárate / sazcarate@lanueva.com

   A mi mamá nunca le gustaron las fotos. Ni que le saquen ni verlas. Tiene escondidísima una caja con sus primeros 20 años en imágenes, de cuando mi abuela vivía para retratarla y de cuando se usaba la cámara a rollo.

   Pero cerca de “fechas especiales”, cuando yo era chiquita nos sentábamos las dos en el living de casa a mirarlas y a que me contara las historias detrás de cada una.

   Hasta que encontraba una foto que la hacía llorar.

   Una nena hermosa, de unos 5 años, le sonreía dulcemente a la cámara desde una hamaca, con dos trenzas. O dos colitas, ya hace tiempo desde la última vez.

   Mamá se largaba a llorar y yo no sabía qué hacer.

   Ahí se terminaba el tour por su pasado.

   Hasta que un día -supongo que esperó a que fuera más grande- me lo contó: esa nena era su sobrina, la hija de su hermana.

   Un “loco”, padre y marido de ellas, las asesinó y después se suicidó.

   Más de 20 años después, mamá lloraba por lo que había pasado y por no haberlo impedido, como si hubiera podido hacerse cargo una nena de 15 años.

   Tiempo antes, mi tía, a la que no pude conocer, le había pedido ayuda a mi abuelo.

   Él pensó que ella ya era grande y que era responsable de sus decisiones.

   En ese momento, allá por los 80, en Bahía no habían locas en los diarios ni en los programas de televisión ni en las plazas que reclamaran contra la violencia machista.

   Ni mamá ni el abuelo ni la tía, y ni siquiera el tipo que las mató, habían escuchado jamás hablar de violencia de género. Ni de femicidios. Ni de crímenes de odio. Ni qué hablar de machismo.

   Este dolor era un hecho aislado.

   No había explicaciones.

   Cuando mi primer novio me amenazaba con suicidarse si yo lo dejaba, en 2008 y a mis 15 años también, tampoco se hablaba de violencia de género.

   Cuando me siguió desde el instituto de inglés hasta mi casa y me agarró en una esquina con sus muñecas cortadas, yo no tenía idea sobre la violencia machista.

   Me creí que sus autoflagelaciones eran culpa mía por querer terminar la relación con él.

   Y tuve miedo de “hacer las cosas mal” y de que él se matara por mi culpa.

   Y me creí también los comentarios en mi contra que hubo en mi pueblo, cuando mi ex pasó un día internado por “intentar suicidarse” porque yo había decidido que no quería hablar más con él: el amor de mi vida adolescente que me había cagado con una amiga.

   Me creí que todo era culpa mía.

   Me lastimé.

   Me odié.

   Me encerré.

   Y con amor, tiempo y terapia, también superé.

   Pero no entendí.

   Hasta que en 2015 fui a la primera marcha por #NiUnaMenos.

   Y ahí aprendí.

   Mi mamá no era la única que lloraba la muerte de dos mujeres.

   Esas dos mujeres de mi familia no eran las únicas víctimas de un femicida.

   Sus muertes no habían sido casuales ni individuales: ese tipo, como tantos otros, se creyó dueño de ellas, de sus vidas, de sus sueños, de sus futuros.

   Ese tipo decidió que esa fuera la última foto de mi prima.

   Y en la marcha por #NiUnaMenos había tantas últimas fotos más, como también habían más víctimas.

   Mamá y yo no estábamos solas. No lo estamos.

   Estamos juntas, ella y yo, y junto a todas las demás mujeres: las que están en fotos y en corazones, las que marchan, las que gritan por #NiUnaMenos, las que ya no queremos ser amenazadas, insultadas, abusadas, psicopateadas ni asesinadas.

   Aprendí sobre violencia de género y entendí.

   Y aunque tardé varios años, me abracé a la piba de 15 años que supe ser y me pedí perdón por no confiar en mí.

   Me pedí perdón por el patriarcado.