Columnas.

Desde la profundidad del dolor

Por: Guillermina Rizzo

   Uno de los objetivos de la “columna Temas Vitales” es generar preguntas, habilitar interrogantes, para que Usted, mi querido lector, encuentre las respuestas o al menos las esboce, ensaye. También es un espacio para que concuerde y también disienta.

   La pregunta de hoy se multiplica por 44 y, casi sin fin, se multiplican hasta el infinito porque resulta imposible plantear interrogantes técnicos, humanos y existenciales. El dolor y la perplejidad desbordan la razón.

   ¿Las palabras? ¿Las hay?  ¿Caben? ¿Cuáles son las adecuadas?

   Con sumo respeto, con dolor, con impotencia, pido permiso para ensayar las palabras de hoy.

   Imagino un instante, casi fugaz, ruido, no sé si ensordecedor, solo sabemos que fue “anómalo”. ¿Luego oscuridad? ¿Silencio? ¿Una tragedia? No es cualquier tragedia, no irrumpe como tal.  Con el correr de los días se la avizora, se la intuye, se libra una batalla entre la fantasía del desastre y la esperanza.

   La mente humana no combina con la tragedia y no se puede adaptar a ella, sobre todo cuando las imágenes se multiplican en las pantallas y cuando las redes sociales reproducen informaciones, anuncios e historias de vida. En lugar de lograr el efecto saturador, contrariamente nos invade el dolor, la impotencia y la perplejidad.

   Un país se estremece, tal vez varios países se conmueven ante 44 historias truncas que dejan de proyectar y plasmar sus sueños. La muerte nos atraviesa a todos en distinta medida, lo inexplicable no es un destino al que todos estamos llamados; lo que nos desborda es el “factor sorpresa”, lo absurdo, lo que se pudiera haber evitado.

   Sería inoportuno hablar de “intervención en crisis” o Psicología de la Emergencia tal como lo aprendí en la Facultad, pues todavía el estupor está latente y la indignación se mezcla con el dolor.

   Peldaños que se suceden, invariables y universales: shock, incredulidad, asimilar paulatinamente la dolorosa “información” que viene de afuera, desde cientos de metros sumergida, choca con historias y desestabiliza existencias. Luego aparece la rabia, la búsqueda de culpables y un dolor lacerante, hasta que se transita poco a poco el camino de la aceptación.

   No hay lugar para las frases hechas, no mitigan el dolor. Es inútil buscar las palabras adecuadas, no existen. Rendir homenajes, dedicar una calle, una plaza, una escuela, no reemplazan a quien no regresa, a quien siquiera pudo ser velado.

   Para los cercanos, los más dolientes, es imposible extirparles el dolor, arrancarles la angustia, moderarles la impotencia; no existe una fórmula. Confío en que contarán con la misma valentía y entereza con la que los 44 tripulantes abordaron el submarino.

   Para los lejanos urge el aprendizaje de lo trágico y desagradable para evitar la reiteración; y para Pedro Fernández, Jorge Bergallo, Fernando Villarreal, Fernando Mendoza, Diego Wagner, Eliana Krawczyk, Víctor Maroli, Adrián Zunda Meoqui, Renzo Silva, Jorge Mealla,  Alejandro Tagliapietra, Javier Gallardo, Alberto Sánchez, Walter Real, Hernán Rodríguez, Víctor Coronel, Cayetano Vargas, Roberto Medina, Celso Vallejos, Hugo Herrera, Víctor Enríquez, Ricardo Alfaro Rodríguez, Daniel Fernández, Luis Leiva, Jorge Monzón, Jorge Valdez, Cristian Ibáñez, Mario Toconas, Franco Espinoza, Jorge Ortiz, Hugo Aramayo, Luis García, Sergio Cuellar, Fernando Santilli, Alberto Arjona, Enrique Castillo Federico Alcatraz Coria David Melián, Daniel Polo, Leandro Cisneros, Germán Suárez, Luis Nolasco, Luis Niz, Aníbal Tolaba un profundo deseo de paz y el recuerdo perpetuo en la memoria colectiva.