Alejandro Mieres, otro comerciante al que la inseguridad le costó la vida

Alejandro Mieres, otro comerciante al que la inseguridad le costó la vida

9/10/2017 | 08:00 | “Era un tipo piola y si vos necesitabas algo y él podía solucionar el problema, lo hacía”, dijo Ana María Meringer. Unos meses antes del homicidio, ocurrido en julio de 2003, su local había sido blanco de un ataque a tiros.

Alejandro Mieres, otro comerciante al que la inseguridad le costó la vida

Fotos: Archivo LN.

   La violencia parecía instalarse definitivamente en nuestra ciudad a medida que avanzaba 2003. Al menos eso se percibía de la sumatoria de crímenes padecidos por comerciantes de este medio, aunque las características tuvieran aristas disímiles.

   Es que el asesinato del exfutbolista Alejandro Avelino Mieres (51 años), registrado alrededor de las 2 del martes 2 de julio en su quiosco ubicado en Lamadrid 68, se sumaba al trágico 19 de febrero en el que perdió la vida su colega de rubro Guillermo Aymar -herido mortalmente por un policía que pretendió frustrar un robo en el local de Teniente Farías 1507- y al 21 de abril en el que falleció el distribuidor de golosinas Jorge Conditi -prácticamente ejecutado al resistirse a un atraco en su negocio de Brandsen 248-.

   El “Negro” Mieres había tenido un paso relativamente fugaz defendiendo el arco de Bella Vista, a fines de los ‘70, y luego de trabajar como cajero en el exBanco del Sud abrió su quiosco en el 52 de Lamadrid, para luego instalarse en el 68 de la misma arteria, formando parte de un sector de locales muy activos que ocupan (de manera independiente) la planta baja de un edificio.

   “Cuando mi hermano y mi marido pusieron la verdulería, en el ‘84, él (por Mieres) ya estaba. Y a ese local (donde fue baleado) se debe haber mudado a mitad de 2001”, comentó Ana María Meringer, propietaria de una fábrica de sandwiches.

   El quiosco quedó en medio de ambos negocios de la familia de Ana María, y todos ellos establecieron un rápido vínculo de vecindad con Mieres.

   “Mi hermano jugó al pádel con él, mi hijo era amigo de sus chicos (Diego y Juan José). Esa era la relación que nosotros teníamos. Nada más que eso; pero era un vecino bárbaro, muy servicial. Realmente era una persona muy querida y lo lamenté muchísimo. Era simpatiquísimo... El ‘Negro’ era un tipo piola y si vos necesitabas algo y él podía solucionar el problema, lo hacía. La verdad, era una barbaridad”, recalca Ana María.

   El quiosco estaba abierto al público las veinticuatro horas y eso sólo despertó sospechas y algunos ligeros comentarios.

   “Él tenía el quiosco abierto toda la noche y cuando la policía me preguntó si había algo raro yo les dije que no podía decir nada y mi hijo me asegura que no. Él me dijo ‘mami, yo salía a la noche y el último tiempo, muchas veces, estaba con él y jamás vi algo raro’. Lo que pasa es que acá, si a alguien le va un poquito bien, enseguida se arma la película. De las charlas posteriores que hemos tenido con mi hermano y mi marido nunca surgió que hubiera algo raro”, sostuvo Ana María.

   La mujer cree que “por lo que trabajaba, por lo que hacía, por el tiempo que pasaba allí, debía estar mucho mejor de lo que estaba. Si él hubiera hecho algo raro, probablemente hubiera tenido un buen pasar, y no lo tenía. Era un laburante, que tenía sus problemas”.

   Precisamente en la madrugada del 7 de abril, el quiosco de Mieres había sido blanco de un ataque a tiros, cuando el hombre se hallaba atendiendo el negocio.

   Al respecto, Ana María recuerda que “unos meses antes que lo mataran hubo un tiroteo y un tiro impactó en el local de al lado, en la verdulería; entró por la cortina y agujereó el huevo de Pascuas que estaba en el mostrador. En esa ocasión, él estaba en la parte de atrás de su negocio y no le pasó nada”.

   Luego de ello “a la tarde fui a pedirle cambio y a charlar. Le dije ‘Negro, qué estás haciendo todavía en Bahía. Volviste de España (donde su hijo Juan José ya estaba jugando profesionalmente al pádel); por qué no te vas del todo’. Y él me dijo ‘mirá, estoy esperando que Diego se termine de recibir’. Creo que estaba haciendo un curso de inglés en el Juan (XXIII) y le faltaban unos meses”.

   Actualmente los hijos del “Negro” Mieres y Liliana Petruf están radicados en España.

   Sobre el tiroteo propiamente dicho, Ana considera que Mieres “lo minimizó. Eso es lo que a uno le llama la atención, nada más. Me dijo ‘No sé, che; alguien pasó y tiroteó. No sé por qué’. No lo asumió como que era para él; nunca dijo nada y uno tampoco le preguntó más”.

   En febrero de 2005, Rubén Darío Fisch Mendoza (23 años al momento del hecho) fue condenado a 18 años de prisión, como autor penalmente responsable del crimen luego que su intervención quedó “debidamente acreditada mediante prueba presuncional e indiciaria”, dijeron los jueces Daniela Castaño, Raúl López Camelo y Pablo Soumoulou, del Tribunal en lo Criminal Nº 3.

   En el quiosco no se advirtieron faltantes ni desorden.

   “Él estaba de espalda y se dio vuelta para atenderlo. La versión que me llegó es que salió a atender a la persona, le pidieron algo y le dispararon. Enseguida se dijo que el tipo lo conocía, porque él no intentó defenderse. Fue todo muy raro”, concluyó Ana María.

Testimonios

   Confesión. “Al ‘Negro’ Mieres lo maté yo, necesitaba la ‘guita’ y le dije ‘perdoname, pero dame la plata’. El se agachó y yo pensé que iba a sacar un arma y disparé”, le habría relatado el imputado a Gerardo Javier Menna, cuya declaración fue incorporada por lectura, ya que no se presentó a la audiencia durante el juicio.

   Relato. Tal vez la prueba testimonial incriminatoria más importante fue la declaración del remisero Claudio Sebastián Fernández, quien trasladó al imputado desde Alsina al 300 hasta el barrio Spurr. Luego de pagar, Fisch le habría manifestado “’cualquier cosa, vos a mí no me viste o no me trajiste’”.

   Indicios. Fernández afirmó que al subir al auto, Fisch le dijo “metele o algo así”, indicándole el camino a recorrer, durante el cual lo notó “apurado” y “se lo vio muy nervioso”, mencionando además que entre sus manos llevaba “una bufanda o un gorro”.

   Extraño. La actitud de Fish sorprendió al remisero. “Como me resultó sospechoso, decidí volver al lugar donde lo había levantado (a Fish).Cuando llegué, ya había taxis y policías”, agregó.

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