Columnas.

Del peluche a la corrupción

En el perfil psicológico del corrupto advertimos la satisfacción de pulsiones en beneficio propio.

Por: Guillermina Rizzo

Mi querido lector ejercite su memoria, recuerde. ¿El peluche? ¿Una manta? ¿La muñeca de tela ya sin ojos? ¿Tal vez hasta un trapo? Ese objeto favorito del cual no podía desprenderse y cumplía funciones importantes al momento de dormir, cuando estaba solo y era un tema de disputas si pretendía llevarlo a otros lugares, máxime cuando el objeto portaba sobre sí restos de comida, y sus progenitores lo consideraban casi como “un trapo de piso”.

¿Quién no tuvo un objeto predilecto?

Donald Winnicott introduce el concepto de objeto transicional para hacer referencia a ese objeto material en el cual un niño deposita apego y afecto y que reviste funciones psicológicas muy importantes. Ese insignificante trapo, peluche o lo que se elija, suplanta, reemplaza a la madre cuando está ausente; es una fuente de placer, de seguridad y constituye un espacio intermedio entre el pequeño y otros o entre el niño y la realidad. Pasado un tiempo es dejado a un lado.

Siga haciendo memoria, tal vez entre sus amiguitos de la infancia recuerda a aquel que robó una manzana o un lápiz...

Fue Winnicott también, quien en octubre (coincidencia) de 1949 en su artículo “El impulso a robar” expresa que existen distintos grados de hurto. Según el célebre pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés, son diversas las fantasías inconscientes, diferentes en cada persona, que están involucradas en la conducta de robo; desde necesidad de identificarse con los otros hasta una fantasía agresiva de destrucción y apoderamiento de lo que alguien más posee; el comportamiento visible es el robo, aunque la fuerza impulsora es solo una.

Distingue distintos grados de hurto: el niño que se apodera de una manzana o aquel que toma objetos de forma compulsiva, ansiosa y sin necesidad, siendo esta última una conducta patológica. Winnicott sostiene que “el ladrón” no busca el objeto del que se apodera, sino que busca a una persona, busca a su propia madre, pero no lo desconoce.

No haga memoria, seguramente a “este” no lo conoce de la infancia, pero lo tiene presente. ¡Sí! Es el “desaforado” de los 150. 000.000.000, ya sé, muchos ceros, imposible traducirlo en manzanas o peluches, tal vez sea más gráfico decir casi 150 hospitales, más de 5.000 jardines, 150.000 viviendas.

¿Julio de Vido busca desaforadamente a su madre? ¿Usted está invocando a la madre de él? ¿Cómo explica la Psicología tantos ceros?

Corrupción es un acto voluntario en que se transgreden normas con la intención de obtener beneficios personales. Sobornar, pervertir es el modo de acción o gestión en perjuicio de muchos, o de los intereses de la ciudadanía.

Sociólogos sostienen que hay factores inseparables a la corrupción tales como la falta de conciencia por parte de la población respecto de los bienes públicos, la identificación del dinero con el éxito, aceptar que en todo gobierno la corrupción es “normal”, y la prevalencia de una moral que impulsa a cumplir leyes por miedo al castigo y no por respeto o interiorización de las mismas.

En el perfil psicológico del corrupto advertimos la satisfacción de pulsiones en beneficio propio, ignorar sistemáticamente al otro, ausencia de moral autónoma e interiorización de normas, necesidad de reconocimiento social, escasa empatía, manipulación, no aceptar culpas, obsesiva ambición y arrepentimiento ausente.

Para el corrupto no hay tratamiento, pues la corrupción no es una entidad patológica, no es un trauma por ausencia materna o porque metieron en el lavarropas el “mugroso trapo o peluche”, simplemente alguien que se cree por encima de todo y que puede ir por todo.