EDITORIAL

El dolor por Micaela Ortega

22/10/2017 | 08:03 | Lo ocurrido con Micaela puso a la vista la detestable práctica del grooming, que este tipo de personas desarrolla a partir de las redes sociales.

En un caso de repercusión nacional, se llevó adelante el juicio a Jonathan Luna por el homicidio de Micaela Ortega, hecho que, resumido con esas palabras, dice poco y nada del drama, del horror, de la pena que generó esta persona al terminar con la vida de una niña de doce años.

Ha sido un juicio cargado de tensión. Desde el momento en que Mónica Cid, la mamá de Micaela, debió sentarse a metros del asesino, compartir la misma sala con esa persona que, desde una completa desaprensión, llevó adelante semejante barbarie.

Luna no levantó la cabeza nunca durante el juicio. Miraba el piso, siempre. Tampoco levantó la mirada.

No buscó a nadie, no intentó enfrentar a los familiares de Micaela. Miraba fijamente el piso con una actitud que lejos estaba de relacionarse con el arrepentimiento o la vergüenza.

Lo ocurrido con Micaela puso a la vista la detestable práctica del grooming, que este tipo de personas desarrolla a partir de las redes sociales.

El grooming está definido como una serie de conductas y acciones emprendidas por un adulto “con el objetivo de ganarse la amistad de un menor de edad, creando una conexión emocional con el fin de disminuir sus inhibiciones y poder abusar sexualmente de él”.

Luna se escudó en un perfil falso de Facebook para engañar a Micaela -como pudo hacerlo con otras decenas de niñas- y sacó provecho de una ocasional discusión de Mica con su mamá para engañarla, hacerle creer que podía contenerla y aprovecharse de ese momento tan propio de todas las adolescentes.

No hay palabras que sirvan para graficar la pena sin límites de los padres de Micaela, de su hermano, de sus amigos, de todos quienes la conocieron.

NO hay manera de ayudarla a Mica a repensar las cosas, de que no crea que fue “una mala hija”.

No hay manera porque Luna hizo lo que hizo. Sin piedad y sin culpa.

El veredicto de los jueces fue contundente: cadena perpetua por violencia de género y alevosía, por su acoso sexual tecnológico.

Que, además de la pena, la muerte de Micaela no haya sido en vano puede servir de consuelo a muchos. No para todos, claro.

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