En la actual ecuación política argentina, está ya claro que el tiempo es el principal enemigo del gobierno; casi es
el único. Pero, en vista de que va quedando poco, el gobierno marcha a los tumbos, aunque sin sobresaltos en sus
cálculos, hacia su esperada autoclonación, dentro de dos meses.
Si el nebuloso tándem que promueve la candidatura de Cristina de Kirchner pudiese adelantar las elecciones de
octubre para septiembre, lo haría encantado. Si pudiera hacerlo para la próxima semana, también lo haría encantado. A
decir verdad, haría encantado cualquier cosa que abreviase el lapso hasta la entronización de mando anhelada, e
inevitable según tantas encuestadoras, de la mujer del presidente.
La razón para esta premura es que los mandamases del nebuloso tándem intuyen, e intuyen correctamente, que a cada
día que pase hasta octubre emergerán sin tregua, desde las negras profundidades a la luz, alguna nueva inmundicia,
alguna nueva prepotencia, algún nuevo personaje ruin germinado en las entrañas del gobierno y parasitario de su vista
gorda. Y puesto que a los ojos del ciudadano común el propio gobierno es, por acción u omisión, responsable de tal
galería de lacras, podría ocurrir que lo que con Néstor sería un cómodo paseo triunfal y con una Cristina carismática y
dueña de sí (o sea, distinta de la que es) un triunfo normal, se convierta en un triunfo por los pelos, condicionado
por un reguero previo de escándalos.
La gradiente es bien sencilla: a más días, más lacras; a más lacras, más desgaste y, a más desgaste, menos votos.
Prolongada al infinito esta línea de desplome, podría diezmar las chances de una candidata que quedaría pegada a esas
mismas lacras, a menos que las critique en sus discursos de campaña, cosa que sugestivamente no hace.
Hemos dicho desde estas mismas páginas que la oposición es, por inepcia y por inercia, el mejor aliado del gobierno.
Digamos que el gobierno es, a su vez, por descaro y sonambulismo suicida, el mejor aliado que podría pedir la oposición.