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   Domingo 18 de noviembre de 2007
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¡Fiscales...!

Roberto Aizcorbe


     Hace 50 años estos días, la UCR designaba en Tucumán su fórmula presidencial para reinaugurar la democracia: sería Arturo Frondizi-Alejandro Gómez, un ignoto maestro santafesino.

     Los balbinistas, que pretendían reeditar el binomio de 1952 (Balbín-Frondizi), se retiraron furiosos y Crisólogo Larralde, que presidía la Convención y que por eso mismo no votó ni a unos ni a otros, al clausurarse la sesión, en la madrugada, declaró: "La fórmula del partido es mi fórmula", adhiriendo así, tácitamente, a Frondizi. Pero, al otro día, llegando a Buenos Aires, Larralde se desdijo y pasó, junto con Ricardo Balbín, a crear la Unión Cívica Radical del Pueblo, sigla que encubría el oficialismo militar.

     ¿Por qué viró Larralde, amigo personal de Frondizi, pero rival de Balbín en la Provincia...? Por una razón bien sencilla: él creía que la UCRI, frondicista, no alcanzaría a reunir los 70.000 fiscales necesarios para controlar todas las mesas, y ya entonces era sabido que, donde no hay fiscales de tal o cual partido, el presidente de mesa se entiende con sus rivales para "meter el paquetazo", como le sucedió recientemente a Luis Juez en Córdoba, donde los cómputos de las mesas serranas le daban en contra 150 a 0.

     Entonces, no se conocían aún los enjuagues del pacto Frigerio-Perón, que finalmente permitirían a la UCRI contar con todos los fiscales necesarios, y el pobre Larralde, que estaba junto a Balbín, pero con el alma cerca de Frondizi, murió de un síncope mientras hablaba en un acto de la UCRP, convirtiéndose en el símbolo trágico de la división del antiperonismo, que nos trajo mucho más tarde a la situación actual.

     Larralde era un goliardo, un personaje "rabelaisiano", siempre lleno de chispa y de decires, siempre optimista e irónico. A Juan Perón jamás lo nombraba: lo llamaba "Dulcamara", como el impostor del Elissir d'amore.

     Si el antiperonismo no se hubiera dividido, la constancia del progreso se habría impuesto en el ánimo popular y, hoy, la Argentina aventajaría en 10 años al Brasil.

     Ocurrió lo contrario, y ahora el oficialismo avanza al partido único, pulverizando los sectores políticos no peronistas, aunque todos estos reunidos tengan tantos o más votos que el matrimonio. El círculo se ha cerrado. La conclusión más modesta es que no se puede fundar un partido en el living de una casa de familia ni reuniendo firmas en el café, si no se tienen al menos esos 70.000 fiscales y 30.000 auxiliares para controlar el acto, tal cual les pasó a los lemas flamantes en los últimos comicios, donde ha habido 396.000 votos más para la candidata triunfante que para diputados o senadores, sin que se sepa de dónde salieron, porque no hay voto en blanco que lo justifique.

     Sin embargo, la justicia parece no querer aceptar el fraude, pues dice que "no hay pruebas" del robo de boletas. En otras palabras, que ningún votante hizo levantar el acta correspondiente. Pero, ¿cómo podía un ciudadano del común protestar si, al hacerlo, estaba cantando su voto con sólo identificar la boleta que faltaba? Solamente un fiscal podría haberlo hecho, pero no había. Tampoco es anecdótico que la única denuncia que aún queda en pie sea de la UCR, el partido de Crisólogo Larralde.

     Sin una vuelta al Estatuto de los Partidos (art.38 CN) que imponga esa cuota mínima funcional de 100 mil afiliados, no habrá soluciones para la dispersión de los partidos.


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