Encaminado que se hubo, hace ya varios meses, el engorroso trámite de nacionalizar Aerolíneas Argentinas, una
expectativa que tiene mucho de ideológica ensoñación pero también --digámoslo-- de esperanzado patriotismo, hizo presa
del espíritu de tantísimos argentinos.
Aprobada la medida, urge ahora proyectar a futuro el cariz de esa esperanza, encuadrarla y volverla posible, no
solamente deseable.
Un buen modo de hacerlo sería imaginar y definir qué cosa estimaremos por buena, de aquí en adelante, en la
performance empresaria de nuestra línea de bandera. Dicha performance será casi con seguridad, a juzgar por lo que
ocurre con otras aerolíneas del mundo, deficitaria en sus números.
Lo que habrá que conseguir, pues, es que cumpla cabalmente y a conciencia un rol estratégico en cobertura de rutas,
estímulo turístico, presencia aérea soberana y servicios confiables. Para un país moderno, hay déficits vergonzosos y
hay déficits necesarios.