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   Domingo 8 de junio de 2008
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El gobierno perdió el rumbo

Eugenio Paillet / "La Nueva Provincia"


     Cristina Fernández se apresta a cumplir seis meses como presidenta de la Nación. Ni en sus peores pesadillas, y seguro que en ninguna de los que la acompañan, empezando por su marido, imaginó que semejante tembladeral político y social iba a jalonar estas jornadas que signan de interrogantes preocupantes hacia el futuro el arranque de su gestión.

     A la administración bien le valdría no rasgarse las vestiduras por tamaño presente para la mujer que se presentó ante el electorado como "la profundización del cambio" que había iniciado Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003. El largo y extenuante conflicto con el campo es, antes que ninguna otra cosa, la consecuencia de los malos manejos de un gobierno que no termina de definir quién es el que manda. O que, peor todavía, suele quedar paralizado hasta en sus más mínimos gestos a la espera de lo que decida el dirigente santacruceño desde Olivos o desde sus nuevas oficinas del Partido Justicialista.

     Resulta evidente, a estas alturas, para no pocos sectores del oficialismo y del partido peronista, que el gobierno ha perdido el rumbo. Bravatas y amenazas al voleo de algunos fanáticos del kirchnerismo, y de otros que se cuelgan de sus solapas para no quedar a la intemperie, no alcanzan a disimular lo evidente: pese a esas demostraciones de fuerza para la tribuna, el gobierno y el peronismo que ahora comanda Kirchner, no saben cómo terminar el extenuante conflicto con el campo. Al menos, no lo saben sin que se les presente otra solución a la mano que la que se avizora: que más temprano que tarde terminen por hacer lo que tanto demonizan, o sea
sentarse a dialogar con los dirigentes que lideran la protesta.

     Tanto ha perdido el rumbo que, en los últimos días, ha entregado actitudes y acciones contradictorias, aun hacia adentro del propio gobierno, lo cual no hace sino agigantar el espanto de quienes esperan y desesperan por una salida a un conflicto que tiene en vilo a toda la sociedad, destinataria última, por parte de ambos bandos, de tanto desatino.

     Veamos esos casos. "Acá todos bailan al ritmo de Néstor", se ufanaba el viernes un dirigente de las líneas juveniles que acompañan al ex mandatario. Y Néstor juega a todo o nada, a matar o morir, a no descansar hasta doblegar a su odiado enemigo. Hay dirigentes peronistas, algunos intendentes del interior y por lo menos cuatro gobernadores y ex gobernadores que literalmente se toman la cabeza entre las manos cuando observan semejante panorama. "Si sigue jugando así, se va a pegar un tiro en el pie", dice alarmado uno de ellos.

     Mientras Kirchner bate parches de guerra y a su lado todos se pintan la cara, el gobernador santafesino, Hermes Binner, pidió lo obvio a estas alturas, que es un gesto de grandeza de Cristina Fernández para que llame otra vez al diálogo. Medio gabinete salió a cruzarlo por cometer la falta de respeto --según las palabras de Aníbal Fernández-- de pedirle un gesto de grandeza a la presidenta. Sorpresa para todos ellos: el mismo jueves por la noche, la oficina de Ceremonial de la Casa Rosada llamó a la Gobernación santafesina para avisar que el gobernador sería recibido el próximo martes al mediodía.

     Ocurrió lo mismo con el llamado de la Iglesia Católica, que instó a las dos partes a deponer actitudes y tener la grandeza de sentarse a una misma mesa. Hubo munición gruesa otra vez del inefable Aníbal y de Carlos Kunkel contra los obispos. La realidad de los hechos los desacomodó de nuevo, y la pregunta es si también ocurrió lo mismo con Kirchner. Cerca de Cristina aseguraban el viernes que la mandataria no descarta convocar a Bergoglio --casi un sacrilegio para el paladar del santacruceño-- a una audiencia en la Casa Rosada. La deferencia se disimularía bajo el ropaje de un llamado más amplio, a los representantes de todos los credos, a quienes Cristina quisiera escuchar en esta hora tan crítica.

     Pero no hay que entusiasmarse, porque la propia presidenta ha caído en ese clima enrarecido donde se dice una cosa y se hace otra; donde se amaga arrancar para un lado y se termina disparando hacia el otro. Aseguran fuentes oficiales que Cristina conocía el texto del comunicado que difundiría la Conferencia Episcopal, por lo menos, una hora antes de presentarse en el acto de La Matanza.

     Era la hora de recoger el guante. Un gesto magnánimo se imponía a esas alturas, porque, entre otras cuestiones, puede decirse que ella jugaba con un as bajo la manga. Todo lo que dijo después en esa concentración no hizo más que escarbar en la herida abierta de un conflicto insensato por donde se lo mire, pero en el cual las autoridades tienen la mayor responsabilidad para encauzarlo. ¿Otra vez la influencia de su marido frente a sus íntimos deseos de tender algún puente? Tal vez nunca se sabrá.

     Hay una segunda razón, preocupante por donde se la mire si se ajusta a la verdad de lo que entregan las fuentes oficiales, para explicar el cambio de estilo de Cristina, quien venía desde hace varios discursos en el Salón Sur o en el conurbano sin siquiera rozar el problema con el campo. Se sostiene que en una de las tantas reuniones de la mesa chica que maneja el poder realizada en Olivos, hace un par de semanas, se resolvió que Cristina efectivamente dejaría de referirse al conflicto. Ella hablaría en sus presentaciones públicas sólo para dar buenas noticias. Obras públicas, escuelas, hospitales, los buenos números de la economía, como el crecimiento de la recaudación, la caída de los niveles de pobreza y desempleo, del trabajo en negro, siempre, claro está, según las desacreditadas cifras del INDEC. La presidenta cumplió al pie de la letra con su rol hasta la tarde en que regresó de su breve paso por Roma, para asistir a la cumbre sobre alimentación de la FAO, el organismo de Naciones Unidas dedicado a las cuestiones de la agricultura en el mundo.

     Cristina habría tenido algún ataque de furia por esas horas, mientras la pelea con el campo entregaba jornadas cada vez más tensas, por considerar que la estrategia la sometía a un grado de autismo supino, casi indecoroso, mientras desde los distintos sectores en pugna, y de otros que miran la escena preocupados, como la Iglesia y gobernadores con prestigio como Binner, le reclamaban su regreso a escena. Por eso, aseguran, ocurrió su explosión discursiva en La Matanza, donde no obvió un párrafo bíblico destinado a castigar a los avaros, que pareció una respuesta directa al texto de los obispos que conocía de antemano.

     Veamos otro caso para el diván. En algunos encumbrados despachos del poder, generó tanta sorpresa como desagrado la convocatoria de Luis D'Elía a una concentración en Rosario para el próximo 20 de junio, que el piquetero oficial busca empardar con la que hicieron los ruralistas el 25 de mayo en la misma ciudad. Llamó "el pueblo con mayúsculas" a los que convocarán en la oportunidad. Para este impresentable, todos quienes no vayan a Rosario son pueblo con minúsculas, se entiende.

     "Es un deslenguado y no representa ni el pensamiento ni la estrategia del gobierno", lo cruzó un secretario de Estado con despacho en el primer piso de Balcarce 50. Se cae de maduro el enojo de esos hombres. D'Elía coloca al gobierno en una confrontación inútil acerca del nivel de movilización ciudadana de una y otra manifestación. Se reconoce con resignación en aquellos despachos que la mala prensa de la que goza el mundillo piquetero hará que se diga que los pocos o varios miles de personas que puedan llegar hasta el Monumento a la Bandera fueron llevados bajo la promesa de pagos en efectivo y bolsas de comida.

     Estos dirigentes sociales han recorrido un largo camino en la materia como para que ahora pretendan que la sociedad no les colgará el mismo sayo. Vaya un ejemplo de ese fastidio: un importante ministro que se retiraba de la última reunión del peronismo encabezada por Kirchner no disimuló su fastidio cuando le preguntaron por la convocatoria: "!Qué sé yo qué hace D'Elía!", cortó en seco.

     El fuerte revulsivo interno en el peronismo es más grande de lo que se está dispuesto a reconocer en despachos oficiales o partidarios. En todo caso, no es sólo lo que se ve a la luz del día como las posiciones a favor del campo --o críticas hacia el manejo de la Casa Rosada-- que han expresado Reutemann, Schiaretti, De la Sota, el entrerriano Jorge Busti, el pampeano Rubén Marín y Felipe Solá, que no termina de definir a su vez cuál es la vereda en la que quiere caminar, para citar apenas un puñado de esa nómina más amplia. Hay muchos intendentes, en especial de las provincias centrales en términos del conflicto, como Santa Fe y Entre Ríos, que en privado no disimulan su molestia con el gobierno y con el peligroso juego a todo o nada que propone Kirchner.

     Dicen que la presión de sus comunidades es insoportable y que deben dar la cara día tras día ante quienes los votaron a ellos y a Cristina Fernández el pasado 28 de octubre. Les molesta todavía más que muchos de ellos sean convocados a las reuniones de la calle Matheu sólo para escuchar y firmar, si hay algo para firmar. Kirchner no admite disensos, y mucho menos opiniones, si encima son contrarias a su idea de que hay un enemigo enfrente y al enemigo se lo combate hasta dejarlo tendido.

     Hay demasiados gurkas en el gobierno, mucha gente con la cara pintada, en la mayoría de los casos, no por convicción propia frente a la protesta, sino para agradar a su jefe patagónico o para no ganarse su ira eterna. Si hasta un duro como Hugo Moyano, probado en mil batallas, se animó en la última reunión del PJ a sugerirle a Kirchner que explorara la posibilidad de alguna salida negociada. Se torna complicado imaginar una definición racional del conflicto cuando ese y otros dirigentes dicen una cosa en privado y después otra cuando enfrentan las cámaras de la televisión. Ocurre lo mismo al comprobar que Cristina Fernández se reparte entre espasmos de dureza hacia afuera, pero que se convierten en raptos de rebeldía hacia su enconado esposo cuando quedan a solas en las alcobas de Olivos.

     La sociedad, en su amplia mayoría, responsabiliza al gobierno por el largo paro rural, pero también por seis meses de gestión errática, y ha castigado casi por igual al matrimonio santacruceño en cualquier encuesta de imagen de las que hoy circulan. Ya es hora de que tomen nota. De lo contrario, continuarán creciendo en las covachas miserables de la oposición los que, por estas horas, hablan de un destino inexorable de elecciones presidenciales anticipadas, donde creen equivocadamente que podrán sacar tajada.

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