Quienes, por manía de concebir la política en términos de opresores y oprimidos, imaginen tanques en las calles de
Tegucigalpa arriados desde los cuarteles por un jefe militar omnímodo, o gentes amedrentadas en sus casas, masacradas
en las calles o fugitivas en los bosques, están equivocados. También lo están quienes creyesen a pies juntillas la
versión de un asalto al poder legal y prístino, pues no lo hay, que se sepa, si el presidente, elegido por voto
popular, fue desalojado en virtud de una orden de la Corte Suprema y el poder vacante resultó entregado al titular del
Parlamento, no a un jefe castrense. ¿Sabe alguien, entonces, la verdad de lo que está pasando en Honduras?
En todo caso, no es seguro que nuestra mandataria conozca la trama secreta de lo que allí se teje. Imagina, en
cambio, en Honduras una prueba piloto, un ensayo general de derrocamiento que, si tiene éxito, se volvería preliminar
de otros en la región. Cosa ridícula por donde se la mire.