Hubo un claro objetivo detrás de la decisión del matrimonio presidencial de mandar a Néstor Kirchner a la selva
colombiana. Fue mostrar a Estados Unidos que el gobierno de Cristina Fernández estará más cerca de Hugo Chávez y más
lejos de Washington como sea posible. La estrategia se montó sobre dos pilares: expresar en los gestos el profundo
malestar de la Casa Rosada por la investigación norteamericana que apunta al corazón del financiamiento presuntamente
ilegal de la campaña electoral oficialista, a través de la valija con 800.000 dólares que Antonini Wilson pretendió
introducir por el Aeroparque metropolitano, en una madrugada de agosto.
El siguiente objetivo es de poca monta, propio de las luces muy pocas veces encendidas de los estrategas que cobran
por asesorar a sus jefes en vender espejitos de colores: al gobierno le viene muy bien toda esta historia casi de
película que rodea a un showman
natural como es Hugo Chávez y la liberación de tres rehenes en manos de la guerrilla colombiana, para tapar en los
diarios el crecimiento del escándalo de la valija, la grave crisis energética que el oficialismo terminó por reconocer,
la vuelta a la pelea callejera del mundillo piquetero y la inminente puja salarial con los sindicatos, el tema que hoy
más desvela a la presidenta y a su marido.
Detrás de estas cuestiones, pero nunca antes, se puede decir que Kirchner viajó a Venezuela y Colombia para cumplir
con un loable objetivo humanitario, más urgido de salirse de la escena local por aquellos motivos y por algunos
cuestionamientos de la tropa propia a su excesivo protagonismo, en desmedro de Cristina y su perfil de gobernanta
dedicada sólo a los menesteres protocolares que por su apego a las cuestiones del mundo exterior.
Aquella estrategia tramada en Olivos de dar a Kirchner el rol de principal comisionado en la misión para rescatar a
los rehenes en poder de las FARC --sólo el santacruceño ostenta el rango de ex presidente, el resto son embajadores o
asesores en política exterior-- se tomó después de una conclusión: las relaciones con la Casa Blanca no mejorarán, sino
que empeorarán, después de lo ocurrido con la investigación de los fiscales de Miami sobre las andanzas del valijero y
sus socios, a quienes al parecer decidió traicionar para convertirse en soplón del FBI. La vuelta a los brazos de
Chávez era, a esas alturas, lo más indicado para gusto de Kirchner y, por extensión, aunque con escasas posibilidades
de réplica, para la presidenta.
En la Jefatura de Gabinete dicen que la situación con Estados Unidos llegó a un punto tal de tensión que no quedó
otro remedio que salir con los tapones de punta para mostrar fortaleza en el arranque de la gestión de Cristina. Nadie
podría olvidar que, en plena campaña electoral, la entonces candidata prometía un acercamiento con Estados Unidos,
necesario, entre otras razones, para lograr el consentimiento norteamericano en la renegociación de la deuda con el
Club de París y evitar, al mismo tiempo, nuevos monitoreos del Fondo Monetario.
Esos momentos de tensión a los que aluden en los despachos de Alberto Fernández se tradujeron en hechos concretos de
mandobles y represalias. El Congreso cometió el enorme despropósito de condenar a Estados Unidos por un hecho que
investiga la Justicia de ese país, ante el presunto delito de espionaje interno. La Casa Blanca respondió con sutileza:
por los carriles habituales se hizo saber a la Argentina que el Senado se tomará todo su tiempo --seguro más que el
necesario para ratificar que se trata de un castigo-- antes de otorgar el plácet de estilo a Héctor Timerman como
embajador en Washington. No es una suposición de los periodistas. El ex cónsul en Nueva York le confió a Cristina que
esa era su impresión luego de hablar con sus amigos en Washington y en el Congreso estadounidense.
Aquí no se quedaron cortos: Alberto Fernández llamó a Earl Anthony Wayne, el movedizo embajador norteamericano, y le
avisó que se terminaban sus habituales recorridas, como si fuese Pancho por su casa, por ministerios y despachos del
oficialismo, o sus habituales almuerzos con Julio de Vido y Aníbal Fernández. "Su radio de acción, como el resto del
cuerpo diplomático, es la Cancillería, no todo el gabinete", contaron confidentes que fue la premisa después
transmitida por Jorge Taiana.
Conclusión: la relación entre la Argentina y Estados Unidos jamás será buena mientras un Kirchner reine en la casa
de los presidentes. Esto lo saben allá, pero también aquí. Operadores presidenciales que trabajaban para Néstor y ahora
para Cristina advierten que sería un enorme error suponer que la llegada de un gobierno demócrata a la Casa Blanca el
año que viene podría cambiar las cosas.
El feeling
del cual suele ufanarse la presidenta que conserva con los Clinton y otros influyentes del mundillo demócrata, como
Susan Seagal, no debiera confundirla ni inducirla a pronósticos equivocados de antemano: la Justicia de Estados Unidos
investigará a quien tenga que investigar si presume que hay delito --como el caso del valijero y sus socios metidos a
espionaje interno en territorio norteamericano--, cualquiera sea el color político del futuro gobernante de la mayor
potencia del mundo. Allá es al revés que aquí: no se manipula la Justicia a gusto del poder de turno.
Volver a abrazarse a Chávez. Esa es la consigna. Al mismo tiempo, el gobierno va a insistir a ultranza con el
argumento de que existió una maniobra de George Bush para perjudicar al líder venezolano y por extensión a la Argentina
y a su flamante presidenta. En esa estrategia, dicen en Balcarce 50, no hay retorno. De hecho, cada vez que Fernández
tomó un micrófono en los últimos días fue para persistir y agigantar ese argumento.
Reconocen en los pasillos del poder que Kirchner en especial, y toda la primera plana de la administración
encolumnada detrás, logra provecho con una jugada de rédito fácil: se puede sacar gran partido sin despeinarse del
fuerte sentimiento antinorteamericano que impera en la sociedad argentina, según lo muestran todas las encuestas de
estos días.
Un dato que ilustra muy bien el paso es el alto nivel de representación que se revolvió dar a la misión de la cual
se participa junto a otros ocho países, entre ellos Francia, para garantizar el rescate de los rehenes. No puede dejar
de llamar la atención la elección de Kirchner, a no ser porque saltan a la vista aquellos objetivos políticos, cuando
los otros países garantes designaron a sus embajadores en Caracas, salvo Bolivia, que mandó a un subsecretario de
Comercio, y el brasileño Lula, quien confió la tarea a un experto del perfil bajo, como es Marco Aurelio García, su
principal asesor en materia de política exterior. En otras circunstancias que no fuesen las que hoy obligan al gobierno
a plantar otra escena en los medios, en el mejor de los casos, hubiese bastado con la designación del canciller Jorge
Taiana o poner la misión en manos de alguno de los embajadores involucrados, como Alicia Castro o el general Martín
Balza, que nos representan en Venezuela y Colombia. Se destaca el hecho de que hasta Francia --que tanto se involucró
en la gestión humanitaria por lograr en el futuro cercano la liberación de Ingrid Betancourt-- designó a su embajador
en Caracas para que represente a Nicolás Sarkozy.
Son todos indicios de que hay una evidente sobreactuación por parte del gobierno argentino; aunque sería injusto no
reconocer que la irracionalidad política ha llenado las primeras planas de los diarios del mundo con la crisis de los
rehenes colombianos, el asesinato de la líder opositora paquistaní Benazir Bhutto y el secuestro en la infernal Somalia
de la enfermera argentina Pilar Bauzá y de la médica española Mercedes García.
El objetivo de la misión de Kirchner en la selva colombiana --tapar la creciente presencia en los medios de la
investigación en Estados Unidos sobre Antonini Wilson-- viene prendido a preocupaciones adicionales detectadas en la
cima del poder.
Se asegura en despachos opositores del Congreso que el gobierno ha recibido, por sus contactos subterráneos con los
máximos niveles de la Justicia, advertencias de que no es improbable que, aun durante la feria judicial de enero, los
propios jueces argentinos que investigan al valijero por presunto lavado de dinero puedan activar la causa y citar a
declaración a personajes locales supuestamente vinculados en la maniobra.
La posibilidad de que sean llamados a los tribunales de Retiro el ex hombre fuerte en las relaciones paralelas que
mantenían el kirchnerismo y Chávez al margen de la Cancillería, Claudio Oberti, y el titular de la estatal Enarsa,
quien también viajaba en aquel asombroso vuelo de agosto, Ezequiel Espinosa, desvela a quienes han resuelto sostener
contra viento y marea la teoría de la conspiración norteamericana para desestabilizar a Cristina. Se entiende tanto
bombo con la misión humanitaria del ex presidente. Un escenario de esa naturaleza, con hombres del riñón del
kirchnerismo desfilando ante los estrados, es algo que en la cima no quieren ni imaginar.
Hay, por último, un argumento dando vueltas que podría ser irritante hacia adentro del gobierno. Se dice que es el
propio Kirchner quien ha manejado todo desde el vamos, como presidente en ejercicio. En sectores sensatos del gobierno
se asegura que la decisión de poner como condición innegociable para restablecer algunos canales con Estados Unidos la
extradición de Antonini Wilson no es de Cristina, sino de Kirchner. Y esto, aunque no se diga en voz alta, es un
problema para ella. La deja dentro de márgenes muy estrechos de movimiento, casi ninguno, porque todos saben que la
Justicia norteamericana no va a extraditar al valijero.
La oposición sospecha que, en realidad, ese reclamo es jueguito para la tribuna y, en el fondo, el gobierno tampoco
lo quiere a Antonini, porque no hay garantías de que hable aquí más de lo que ha hablado allá y comprometa a
funcionarios argentinos.
Si es lo primero, esa condición, evidentemente, no es buena para Cristina si la presidenta, en algún momento, quiere
otra vez tender puentes, en especial para el caso de que el Partido Demócrata retorne a la Casa Blanca, tras las
elecciones de fines del año entrante.