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   Domingo 30 de diciembre de 2007
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No todo es lo humanitario

Eugenio Paillet / "La Nueva Provincia"


     Hubo un claro objetivo detrás de la decisión del matrimonio presidencial de mandar a Néstor Kirchner a la selva colombiana. Fue mostrar a Estados Unidos que el gobierno de Cristina Fernández estará más cerca de Hugo Chávez y más lejos de Washington como sea posible. La estrategia se montó sobre dos pilares: expresar en los gestos el profundo malestar de la Casa Rosada por la investigación norteamericana que apunta al corazón del financiamiento presuntamente ilegal de la campaña electoral oficialista, a través de la valija con 800.000 dólares que Antonini Wilson pretendió introducir por el Aeroparque metropolitano, en una madrugada de agosto.

     El siguiente objetivo es de poca monta, propio de las luces muy pocas veces encendidas de los estrategas que cobran por asesorar a sus jefes en vender espejitos de colores: al gobierno le viene muy bien toda esta historia casi de película que rodea a un showman natural como es Hugo Chávez y la liberación de tres rehenes en manos de la guerrilla colombiana, para tapar en los diarios el crecimiento del escándalo de la valija, la grave crisis energética que el oficialismo terminó por reconocer, la vuelta a la pelea callejera del mundillo piquetero y la inminente puja salarial con los sindicatos, el tema que hoy más desvela a la presidenta y a su marido.

     Detrás de estas cuestiones, pero nunca antes, se puede decir que Kirchner viajó a Venezuela y Colombia para cumplir con un loable objetivo humanitario, más urgido de salirse de la escena local por aquellos motivos y por algunos cuestionamientos de la tropa propia a su excesivo protagonismo, en desmedro de Cristina y su perfil de gobernanta dedicada sólo a los menesteres protocolares que por su apego a las cuestiones del mundo exterior.

     Aquella estrategia tramada en Olivos de dar a Kirchner el rol de principal comisionado en la misión para rescatar a los rehenes en poder de las FARC --sólo el santacruceño ostenta el rango de ex presidente, el resto son embajadores o asesores en política exterior-- se tomó después de una conclusión: las relaciones con la Casa Blanca no mejorarán, sino que empeorarán, después de lo ocurrido con la investigación de los fiscales de Miami sobre las andanzas del valijero y sus socios, a quienes al parecer decidió traicionar para convertirse en soplón del FBI. La vuelta a los brazos de Chávez era, a esas alturas, lo más indicado para gusto de Kirchner y, por extensión, aunque con escasas posibilidades de réplica, para la presidenta.

     En la Jefatura de Gabinete dicen que la situación con Estados Unidos llegó a un punto tal de tensión que no quedó otro remedio que salir con los tapones de punta para mostrar fortaleza en el arranque de la gestión de Cristina. Nadie podría olvidar que, en plena campaña electoral, la entonces candidata prometía un acercamiento con Estados Unidos, necesario, entre otras razones, para lograr el consentimiento norteamericano en la renegociación de la deuda con el Club de París y evitar, al mismo tiempo, nuevos monitoreos del Fondo Monetario.

     Esos momentos de tensión a los que aluden en los despachos de Alberto Fernández se tradujeron en hechos concretos de mandobles y represalias. El Congreso cometió el enorme despropósito de condenar a Estados Unidos por un hecho que investiga la Justicia de ese país, ante el presunto delito de espionaje interno. La Casa Blanca respondió con sutileza: por los carriles habituales se hizo saber a la Argentina que el Senado se tomará todo su tiempo --seguro más que el necesario para ratificar que se trata de un castigo-- antes de otorgar el plácet de estilo a Héctor Timerman como embajador en Washington. No es una suposición de los periodistas. El ex cónsul en Nueva York le confió a Cristina que esa era su impresión luego de hablar con sus amigos en Washington y en el Congreso estadounidense.

     Aquí no se quedaron cortos: Alberto Fernández llamó a Earl Anthony Wayne, el movedizo embajador norteamericano, y le avisó que se terminaban sus habituales recorridas, como si fuese Pancho por su casa, por ministerios y despachos del oficialismo, o sus habituales almuerzos con Julio de Vido y Aníbal Fernández. "Su radio de acción, como el resto del cuerpo diplomático, es la Cancillería, no todo el gabinete", contaron confidentes que fue la premisa después transmitida por Jorge Taiana.

     Conclusión: la relación entre la Argentina y Estados Unidos jamás será buena mientras un Kirchner reine en la casa de los presidentes. Esto lo saben allá, pero también aquí. Operadores presidenciales que trabajaban para Néstor y ahora para Cristina advierten que sería un enorme error suponer que la llegada de un gobierno demócrata a la Casa Blanca el año que viene podría cambiar las cosas.

     El feeling del cual suele ufanarse la presidenta que conserva con los Clinton y otros influyentes del mundillo demócrata, como Susan Seagal, no debiera confundirla ni inducirla a pronósticos equivocados de antemano: la Justicia de Estados Unidos investigará a quien tenga que investigar si presume que hay delito --como el caso del valijero y sus socios metidos a espionaje interno en territorio norteamericano--, cualquiera sea el color político del futuro gobernante de la mayor potencia del mundo. Allá es al revés que aquí: no se manipula la Justicia a gusto del poder de turno.

     Volver a abrazarse a Chávez. Esa es la consigna. Al mismo tiempo, el gobierno va a insistir a ultranza con el argumento de que existió una maniobra de George Bush para perjudicar al líder venezolano y por extensión a la Argentina y a su flamante presidenta. En esa estrategia, dicen en Balcarce 50, no hay retorno. De hecho, cada vez que Fernández tomó un micrófono en los últimos días fue para persistir y agigantar ese argumento.

     Reconocen en los pasillos del poder que Kirchner en especial, y toda la primera plana de la administración encolumnada detrás, logra provecho con una jugada de rédito fácil: se puede sacar gran partido sin despeinarse del fuerte sentimiento antinorteamericano que impera en la sociedad argentina, según lo muestran todas las encuestas de estos días.

     Un dato que ilustra muy bien el paso es el alto nivel de representación que se revolvió dar a la misión de la cual se participa junto a otros ocho países, entre ellos Francia, para garantizar el rescate de los rehenes. No puede dejar de llamar la atención la elección de Kirchner, a no ser porque saltan a la vista aquellos objetivos políticos, cuando los otros países garantes designaron a sus embajadores en Caracas, salvo Bolivia, que mandó a un subsecretario de Comercio, y el brasileño Lula, quien confió la tarea a un experto del perfil bajo, como es Marco Aurelio García, su principal asesor en materia de política exterior. En otras circunstancias que no fuesen las que hoy obligan al gobierno a plantar otra escena en los medios, en el mejor de los casos, hubiese bastado con la designación del canciller Jorge Taiana o poner la misión en manos de alguno de los embajadores involucrados, como Alicia Castro o el general Martín Balza, que nos representan en Venezuela y Colombia. Se destaca el hecho de que hasta Francia --que tanto se involucró en la gestión humanitaria por lograr en el futuro cercano la liberación de Ingrid Betancourt-- designó a su embajador en Caracas para que represente a Nicolás Sarkozy.

     Son todos indicios de que hay una evidente sobreactuación por parte del gobierno argentino; aunque sería injusto no reconocer que la irracionalidad política ha llenado las primeras planas de los diarios del mundo con la crisis de los rehenes colombianos, el asesinato de la líder opositora paquistaní Benazir Bhutto y el secuestro en la infernal Somalia de la enfermera argentina Pilar Bauzá y de la médica española Mercedes García.

     El objetivo de la misión de Kirchner en la selva colombiana --tapar la creciente presencia en los medios de la investigación en Estados Unidos sobre Antonini Wilson-- viene prendido a preocupaciones adicionales detectadas en la cima del poder.

     Se asegura en despachos opositores del Congreso que el gobierno ha recibido, por sus contactos subterráneos con los máximos niveles de la Justicia, advertencias de que no es improbable que, aun durante la feria judicial de enero, los propios jueces argentinos que investigan al valijero por presunto lavado de dinero puedan activar la causa y citar a declaración a personajes locales supuestamente vinculados en la maniobra.

     La posibilidad de que sean llamados a los tribunales de Retiro el ex hombre fuerte en las relaciones paralelas que mantenían el kirchnerismo y Chávez al margen de la Cancillería, Claudio Oberti, y el titular de la estatal Enarsa, quien también viajaba en aquel asombroso vuelo de agosto, Ezequiel Espinosa, desvela a quienes han resuelto sostener contra viento y marea la teoría de la conspiración norteamericana para desestabilizar a Cristina. Se entiende tanto bombo con la misión humanitaria del ex presidente. Un escenario de esa naturaleza, con hombres del riñón del kirchnerismo desfilando ante los estrados, es algo que en la cima no quieren ni imaginar.

     Hay, por último, un argumento dando vueltas que podría ser irritante hacia adentro del gobierno. Se dice que es el propio Kirchner quien ha manejado todo desde el vamos, como presidente en ejercicio. En sectores sensatos del gobierno se asegura que la decisión de poner como condición innegociable para restablecer algunos canales con Estados Unidos la extradición de Antonini Wilson no es de Cristina, sino de Kirchner. Y esto, aunque no se diga en voz alta, es un problema para ella. La deja dentro de márgenes muy estrechos de movimiento, casi ninguno, porque todos saben que la Justicia norteamericana no va a extraditar al valijero.

     La oposición sospecha que, en realidad, ese reclamo es jueguito para la tribuna y, en el fondo, el gobierno tampoco lo quiere a Antonini, porque no hay garantías de que hable aquí más de lo que ha hablado allá y comprometa a funcionarios argentinos.

     Si es lo primero, esa condición, evidentemente, no es buena para Cristina si la presidenta, en algún momento, quiere otra vez tender puentes, en especial para el caso de que el Partido Demócrata retorne a la Casa Blanca, tras las elecciones de fines del año entrante.

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