El representante de la Casa Blanca para los asuntos relacionados con América latina, Thomas Shannon, se fue de
Buenos Aires con las manos vacías. No recibió del gobierno un solo gesto que permitiera alentar la idea de una relación
más estrecha entre ambos países. Tampoco un gesto que sirva para que la Argentina pueda reinsertarse más rápidamente en
la comunidad financiera internacional. No habrá reapertura del canje de deuda ni se avanza con decisión --por ahora, al
menos-- para arreglar el default con el club de París. Desde el gobierno se preocuparon por dejarle en claro que no hay
que esperar medidas antiinflacionarias concretas ni un bisturí a fondo en la medición del INDEC. De avanzar hacia un
tratado comercial con los Estados Unidos, ni hablar.
"¿Cómo vemos a la Argentina? Las advertencias de las calificadoras de riesgo son las que mejor reflejan nuestra
opinión", aseguró un importante funcionario de la embajada norteamericana en el país. Para el gobierno de Bush, América
latina se divide en dos pedazos. De un lado, figuran Méjico --el principal aliado--, el Brasil, Chile, Colombia y,
medio escalón más abajo, el Perú. En el otro aparecen Bolivia, el Ecuador y la Argentina. El objetivo con este segundo
grupo es mantenerlo lo más alejado que sea posible de Venezuela, que está fuera de ambas categorías.
En su corta estadía, Shannon dejó en claro que más allá de la elección presidencial que se avecina en noviembre,
poco cambiará respecto a la posición estadounidense en lo que respecta a política exterior, incluyendo a América
latina. Por las dudas, enfatizó durante su presentación pública en el Consejo de las Américas que los Estados Unidos
apoyan los tratados de libre comercio que está firmando con distintos países de la región. El gobierno argentino ya
dejó sentada su negativa a este tipo de iniciativas hace casi tres años, desde aquella cumbre de Mar del Plata (2005).
Pese a todas las especulaciones que se venían realizando, el club de París no figuró en la agenda de la reunión
privada con Cristina. El gobierno argentino dejó pasar una oportunidad de oro en diciembre, cuando el titular del FMI,
Dominique Strauss Kahn, llegó hasta aquí para participar del acto de asunción de la nueva presidenta.
Tras un encuentro entre ambos, el gobierno consideró que solucionar este default de 6.500 millones de dólares "no
era un tema urgente". Claro que ahora resultaría casi imposible avanzar seriamente en una negociación, debido a que la
relación con el Fondo está rota. La Argentina fue uno de los pocos países del mundo que hace un par de meses votó
contra la iniciativa de Strauss Kahn para reformular el organismo y dar más poder de voto a los países emergentes, una
moción aprobada por 150 países.
"Sin el FMI de amigo podías avanzar con el club de París, sobre todo si tenías apoyo de los Estados Unidos. Pero con
el organismo de enemigo, ni siquiera estás en condiciones de dar el primer paso", graficó un funcionario del ministerio
de Economía.
Hace varios meses que desde el Fondo piden venir para analizar el estado de las cuentas públicas, tal como efectúa
en todos los países miembro una vez al año. Así lo establece el artículo cuarto de su carta orgánica. La orden de la
Casa Rosada es, sin embargo, no aceptar la visita de los técnicos. Saben que cualquier iniciativa en este sentido
dejaría al descubierto las dudas existentes sobre la medición de la inflación. El impacto negativo de esconder las
verdaderas cifras ya hace tiempo que traspasó las fronteras, perjudicando seriamente la credibilidad del país en el
exterior.
La reunión del Consejo de las Américas en Buenos Aires dejó muy en claro la división del gabinete. Asistieron el
jefe de Gabinete, Sergio Massa; el titular del Banco Central, Martín Redrado; y el ministro de Economía, Carlos
Fernández. Ellos forman el equipo que llevó a Cristina el plan para salir a recomprar deuda, cuyos resultados por ahora
son apenas discretos. Evitaron que se profundice la caída de los títulos, pero el riesgo-país aún sigue en torno a los
650 puntos básicos, más del doble que el promedio de América latina. No asistieron el ministro de Planificación
Federal, Julio de Vido, ni funcionarios de segunda línea como los secretarios Ricardo Jaime (Transporte) y Guillermo
Moreno (Comercio Interior), que el año pasado había asistido a la conferencia desde primera fila.
El equipo económico buscó llevar tranquilidad a los inversores que en las últimas semanas mostraron su inquietud por
los problemas que puede enfrentar la Argentina ante los futuros vencimientos de la deuda. No sólo mostraron una firme
voluntad de pago sino que, además, dejaron en claro que están los recursos para evitar zozobras en 2009. Entre el
superávit fiscal, los fondos que ingresan mensualmente a las AFJP, ahorros acumulados durante los últimos cinco años,
desembolsos de organismos multilaterales y una ayuda adicional que pueda provenir de Venezuela debería sobrar para
cumplir los compromisos.
El problema hoy es que nada de esto asegura que mejore el clima escéptico entre los inversores sobre la situación
argentina, lo que complica seriamente cualquier intento de acercamiento a los mercados para volver a emitir deuda en un
futuro cercano.
El pronóstico de la mayoría de economistas y hombres de negocios sobre el futuro de la economía es gris: no se
espera una explosión como la de 2001, pero tampoco las cifras de crecimiento de los últimos años. Sin rectificación de
muchos temas aún pendientes de resolución, la economía irá desacelerándose, pero los superávit gemelos serán clave para
no depender del financiamiento internacional. Según la consultora FIEL, la economía pasará de 8,5% de crecimiento en
2007 a 6,3% este año y a 4% en 2009. Pero nadie puede asegurar que la economía esté en condiciones de sostener esta
tasa de expansión para los próximos años.