La comedia popular burguesa es algo así como un subgénero en el cine francés, que suele utilizarse para revelar los
repliegues más oscuros de la condición humana. Para colmo, la directora le adosó un considerable tono negro para
abordar la denominada "guerra de los sexos", con ocurrió en
La guerra de los Roses1 (1989), de Danny De Vito, de la que tomó algunos ingredientes.
Leclère contrapone a dos matrimonios de distinta extracción social, para demostrar que la "guerra de los sexos" no
es privativa de la burguesía. Uno de los matrimonios está conformado por Jean-Pierre Menard y Odile; el otro por
Richard y Carolina.
Jean-Pierre es un empresario con mucho dinero, que se siente sexualmente relegado por su esposa. Odile es una
hiperconsumista aquejada de frigidez, cuya máxima preocupación es comprar ropa y perfumes. Ocupan un espacioso
departamento en una zona exclusiva de París, con la hija de ambos, de 16 años.
Richard, un musculoso ex yudoca, machista, con ínfulas de galán, cumple tareas de chofer para el matrimonio Menard.
Carolina no trabaja, está separada y madre de dos niños de corta edad de un matrimonio anterior, y desde hace seis
meses se empeña en convertirse en escritora. Ambos habitan un pequeño departamento, propiedad de Richard.
Los Menard duermen en habitaciones separadas y cuando la abstinencia sexual alcanza --en la consideración de
Jean-Pierre-- límites intolerables, le pide un consejo confidencial a Richard. Como éste lo odia en secreto y atisba la
oportunidad de canalizar sus fracasos a través de su patrón, le sugiere "correr" a su esposa con el "plástico".
En términos más vulgares, le dice a su esposa que "si no hay sexo, no hay tarjeta". Consecuentemente, le sustrae la
tarjeta de crédito, lo que en su caso es más o menos lo mismo que sacar el combustible a un automóvil.
Así comienzan los conflictos, que crecerán en intensidad e irán adoptando contornos cada vez más grotescos. Si la
sangre no llega al río es por que la directora decidió eludir la tragedia y mantener la historia en el marco de la
comedia negra. Todo eso ocurre ante los ojos de la hija, de escaso protagonismo y más bien una autista respecto de la
"guerra" de sus padres.
En ocasión de una cena, Richard ironiza sobre las veleidades literarias de su esposa, a lo que Jean-Pierre añade que
Odile también escribe, pero solamente cheques. Ella confiesa que quiso ser creadora de modas, y el marido le retruca
diciendo que exorciza su fracaso contribuyendo con sus compras al éxito de los diseñadores. Este es el nivel de la
agresividad de los diálogos.
La directora alterna los puntos de vista, con cierto predominio de Jean-Pierre y Richard, que llegan hasta el borde
de la misoginia. Pero ésta es, precisamente, una de las cuestiones que se propuso plantear la directora.
Los otros temas, abordados siempre con un tono socarrón, son el machismo, el abuso de género, el ejercicio del poder
por parte de los hombres sobre las mujeres, la manipulación recíproca y la obsesión materialista de quienes anteponen
el tener al ser.
Con relación a esto último, viene a cuento una frase de Erich Fromm, quien escribió: "Si yo soy lo que tengo, y si
lo que tengo se pierde, entonces, ¿quién soy?" Odile expone sin eufemismos lo que es, para confesar finalmente que "la
pasión no se compra". Mientras tanto, Jean-Pierre y Richard, al margen de su cinismo, se erigen en egregios exponentes
de una calificación que le gustaba y solía utilizar Fontanarrosa.
La directora, aparentemente, se identifica con Carolina, que encuentra un trabajo y opta por una decisión heroica.
La moraleja es inequívoca.
A favor de la película se pueden anotar las actuaciones de Baye, Lanvin y Clavier, a pesar de su histrionismo.
También los diálogos, el ritmo narrativo y algunos escenarios parisinos. En contra, el "perfil televisivo" de la
historia y las menudas variantes argumentales, que tienden a repetirse.