Si gobernar sólo consiste en poder hacerlo a sus anchas, contando de antemano con los medios para hacerse acatar y
prestigio suficiente para hacerse seguir, entonces el kirchnerismo en general y su capítulo "cristinista" en particular
han quedado averiados seriamente. Contra ellos conspira, de ahora en más, no tanto el reguero de secuelas objetivas de
su reciente derrota electoral, como esa sensación de agotamiento y retiro que hoy envuelve su gestión. El ideal de
gobernar es poder hacerlo en plenitud; mas la clave de esa plenitud son ciertas relaciones de fuerza y poder que no
siempre acompañan a una empresa de mando. Cuando faltan, cuando se extinguen, ¿debe el gobernante renunciar a gobernar?
Hay dos escenarios posibles para Cristina Kirchner. Uno es eminentemente político y consiste en enfrentar su
presente crisis haciendo política, lo cual significa siempre construir poder y persuadir almas. Ha sido ungida
presidente por sus conciudadanos. Las elecciones del 28 de junio tornan problemático aquel ungimiento; no ilegítimo. Lo
contrario de hacer política no sería renunciar al cargo, sino sólo querer durar en él. A diferencia de gobernar, que es
resolver problemas, durar consiste en esquivarlos. Y un gobierno que prefiera el esquive a la creación es peligrosísimo.