Después de mucho caminar la ciudad dimos con ella, allí en la segunda cuadra de Zapiola. La casa era antigua,
construida en la década del veinte, y se veía que hacía mucho tiempo que nadie la habitaba. Las paredes descascaradas
no hacían mella en su porte orgulloso.
Después de terminar con todos los trámites de la compra y escrituración tomamos posesión.
Humedad, chirridos en cada una de las puertas y ventanas, la sensación de abandono y soledad eran palpables.
Silencio duro. Silencio en las paredes, sin la memoria de risas o conversaciones. Cincuenta años así, por lo menos.
Comenzamos a restaurarla. La verdad es que no pretendíamos modificar nada, de modo que dejamos tal cual las amplias
habitaciones, los techos altos que daban lugar a un módico segundo piso.
Al limpiar el barniz reseco de las puertas apareció una madera noble, de vestas dibujadas; lo mismo ocurrió con los
pisos de pinotea. Impecables quedaron. Solo en uno de ellos, en la habitación que destinamos para el escritorio, quedó
una mancha que no pudimos sacar pese a los continuos cepillados.
Yo soy bioquímica. Sospeché de qué podría ser esa mancha. No le dije nada a mi esposo para no impresionarlo.
Terminamos de instalarnos un día domingo, cansados y felices.
El lunes, cuando nos levantamos para ir a trabajar sentí algo así como una corriente de aire, suavecita pero
penetrante. ¿Habría quedado alguna ventana abierta?, me pregunté. Ya salíamos cuando sentimos un disparo. Seco, nítido.
Quedamos sorprendidos. Nos miramos sin decir nada. No habríamos podido señalar un lugar específico de donde había
salido. De la calle no parecía. Al no escuchar ningún grito ni nada que diera cuenta de una tragedia nos fuimos a
trabajar. Miré la hora. Eran las nueve en punto. Si no apurábamos el paso, llegaríamos tarde.
Cuando regresamos a la noche, habíamos olvidado lo sucedido aquella mañana. Pasaron unos días. Una tarde, al entrar
al escritorio, noté que la mancha del piso estaba más oscura. Conjeturé que era por efecto de la conjunción entre la
luz de la lámpara y los últimos rayos de luz natural que entraban por la ventana.
El lunes siguiente volvimos a sentir el disparo. Esta vez fue más claro. El ruido vino desde el escritorio. Muchas
veces el miedo nos hace cometer actos bastante irracionales.
Lo primero que hicimos con mi marido no fue llamar a la policía sino entrar en el escritorio. No había nadie. La
ventana se encontraba cerrada. Tuve la impresión de que la mancha corría lentamente por el piso; de lo que no tengo
dudas es que su color rojizo oscuro brillaba más que otras veces. No dije nada a mi marido; él no se había dado cuenta
de ese detalle. Se encogió de hombros demudado. Miré instintivamente la hora: eran las nueve.
Antes del mediodía salí del trabajo, aún sobresaltada, y fui a la Municipalidad a terminar con unos trámites
administrativos. La empleada solicitó mis datos personales. Al darle mi dirección dijo lo siguiente
"Zapiola... Ahí, en esa casa, hace muchos años, vivieron mis padres. Qué casualidad. Una casa hermosa. No vivieron
mucho, ocho, nueve meses. El dueño era un señor muy educado, de buena familia. Pero algo le pasó una vez. Nunca se supo
bien qué, o por lo menos mis padres nunca supieron.
"Lo cierto es que les pidió que desocuparan la casa. Sin apuro, dijo. Y justo mis padres tenían en vista una en
calle 19 de Mayo o sea que ni bien pudieron le entregaron las llaves. Eso fue un sábado. El domingo se instaló. Al otro
día por la mañana el dueño se pegó un tiro; así como lo escucha".
A las tres cuadras de haber abandonado la Municipalidad me di cuenta de que había olvidado hacer la mitad de los
trámites.
El lunes siguiente no oímos ningún disparo. De hecho, nunca más escuchamos nada. La mancha en el piso nunca pudimos
sacarla, pero ya no brilla como antes.