Extraña paradoja la de quienes apoyaron hace tres décadas la guerra revolucionaria como método para derrocar a un
gobierno electo y hoy proclaman ser demócratas a ultranza. Sin embargo, basta un análisis un poco más profundo para
darse cuenta de que no hubo cambio alguno: los supuestos defensores de la democracia siguen reivindicando el accionar
subversivo de las bandas terroristas que, desde 1970, asolaron la Nación.
El 24 de marzo de 1976 se produjo un quiebre. Ante la incapacidad del gobierno peronista para repeler las
agresiones, cada vez mayores, de los grupos terroristas y con el apoyo de la gran mayoría de los habitantes del país,
las Fuerzas Armadas tomaron el poder, poniendo fin, así, a una situación insostenible.
Dicha fecha debería ser recordada como el momento en que buena parte de la sociedad le dijo basta a una minoría que
trató de convertir a la Argentina en un país socialista. Las acciones de las organizaciones clandestinas de izquierda
tuvieron su pico de mayor violencia durante la tercera presidencia de Perón. Fue un gobierno democrático el que, ante
el reclamo mayoritario, inició acciones tendientes a aniquilarlas. El posterior golpe de estado se debió a la
incapacidad de ese gobierno para llevar adelante esas órdenes impartidas.
Hace 30 años quedó clausurada para siempre la posibilidad de que la Nación Argentina siguiese los pasos de Cuba. Ese
fue el principal mérito de las Fuerzas Armadas y de los millones de compatriotas que apoyaron su decisión.