Rosendo Fraga (h)
¿Cuál es la principal virtud de Cristina Kirchner? Así comenzaba una encuesta publicada por "Perfil"
la semana pasada, la cual arrojó los siguientes datos: el 14% dijo que era su carácter o firmeza, el 8% su buena
oratoria, el 6% su franqueza y honestidad, el 3% su inteligencia, el 38% no supo o no quiso contestar y el 21% creyó
que alguna otra. Que el 14% considere que la principal virtud de Cristina es su firmeza es perfectamente válido,
siempre y cuando uno evite preguntarse dónde está esa firmeza en los hechos.
Cuando uno abre el diario, es inevitable sentir un silencio generalizado que asusta, y que remite indirectamente a
una especie de vacío de poder, como si éste estuviese de vacaciones. Si uno compara este gobierno con el anterior, es
imposible evitar un dejo de nostalgia nestoriana. Porque el de Cristina, en los hechos, es igual al gobierno de Néstor
pero sin Néstor, que era justamente lo que hacía divertido y pintoresco a aquél.
Y además de esto último --lo divertido--, usualmente se le atribuye a Kirchner el logro de haber restaurado la
imagen presidencial (que venía en picada tras el estridente fracaso de la administración popularmente electa que lo
precedió). Aunque este logro pueda ser discutible como tal, es innegable que Kirchner, una vez restaurada la imagen, se
la llevó.
De Cristina, hoy día, se sabe poco y nada. Salvo actos prometiendo calefones en Ciudad Evita o cosas por el estilo
(que son necesarias pero no relevantes o imprescindibles), se mantiene en la oscuridad, domesticada por un poder que no
supo o no quiso conservar y que ahora es orquestado desde Puerto Madero. La indómita, férrea y casi masculina senadora
de antaño es ahora, en términos políticos, una mujer golpeada. Y lo peor de todo: parece que le encanta, o al menos ni
siquiera se toma el trabajo de denunciarlo. Convive plácidamente con su nuevo rol de reparto, y todo parece indicar que
va a seguir conviviendo con él mientras no toque nada. La sacan a pasear, la adulan un poco y hasta le presentan gente
nueva, pero eso es todo: muy poco de la Golda Meir platense hasta el momento.
Si esta encuesta me la hubieran hecho a principios de diciembre, hubiese contestado también que su principal virtud
era la firmeza. Fundadora de una teatral y enérgica deditocracia, lo interesante era ver qué iba a pasar cuando alguien
intentara ponerle una mano encima del escritorio. Su firmeza auguraba un tiempo muy interesante para vivir: un tiempo
muy diferente al que tenemos ahora, esta era de vacío y aburrimiento donde hay una presidente débil manipulada por una
sombra fuerte y omnímoda que se deja ver a medias. Comparando estos tres meses de gobierno con las expectativas que
inicialmente generó, creo que confundí firmeza con mal humor, o inclusive capricho.
Por eso hoy, si me hicieran esa misma pregunta, respondería que la principal virtud de Cristina es su capacidad para
ocultar que tiene alguna: su destino por ahora manifiesto es decorar sin pena ni gloria (aunque con una inclinación
bastante marcada hacia la pena) el escritorio de Balcarce 50. Con la sombra imponente de Kirchner y los caciques
peronistas que lo rodean, difícilmente haga otra cosa que mantenerse cuidadosamente en los límites del molde. Y es una
lástima. Porque aunque Néstor, si quería, podía sentar un martillo neumático en el sillón de Rivadavia (martillo al
cual el kirchnerismo llenaría igualmente de elogios, claro está), hay que reconocer que Cristina con su mal carácter,
su firmeza y una inteligencia que, para algunos, superaba con creces la de su marido, representaba un arma de doble
filo. Supongo que se develó el misterio sobre aquel "cuadro político" que, en un arrebato de chupamedismo patológico,
el kirchnerismo vendía como el "más importante de los últimos cincuenta años": había que entenderlo en su sentido
estrictamente literal: un cuadro para ser colgado y apreciado a la distancia, inmóvil. Y, obviamente, un cuadro que hay
que rectificar cada vez que se tuerce en la pared (si es que alguna vez lo hace).
Pero tal vez lo peor de todo (o lo más triste, si uno tuviese todavía la capacidad de entristecerse por política),
es lo que hasta ahora parece ser un hecho, y que es el desperdicio de una oportunidad histórica: la primera mujer
presidente electa en Argentina, en un contexto económico de cierta holgura (que ya de por sí es bastante para cualquier
presidente electo de cualquier género), y con la misión (y esa era su idea y la de todo el mundo) de reivindicar el rol
de la mujer en la política y en la vida nacional, nada más y nada menos que demostrando sus cualidades en el manejo de
la presidencia.
Hasta el momento, quizás lo único que pudo imponer en la agenda Cristina es un interesante y enriquecedor debate
gramático: ¿es "la presidente" o "la presidenta"? Después de eso, poco y nada hasta ahora.