Con los rostros desencajados o bañados en lágrimas, decenas de parientes y amigos de los pasajeros del avión de
Spanair llegaron al aeropuerto, mientras en el de Las Palmas esperaban noticias otros tantos familiares.
Con el pañuelo o el teléfono móvil en la mano o gafas de sol, las familias empezaron a llegar a Madrid-Barajas por
la tarde, poco después del accidente, y fueron recibidos por empleados de la compañía que gestiona el aeropuerto.
La policía impidió a los numerosos periodistas que se habían trasladado a la terminal 4 del aeropuerto de Madrid
acercarse a los allegados de las víctimas.
Algunos lloraban, como habiendo abandonado toda esperanza que los suyos estuvieran entre los sobrevivientes
ingresados en varios hospitales de la provincia de Madrid.
"Lo primero, te vienes abajo, porque lo único que sabes es que iba en el avión, y no sabes si está bien, si es uno
de lo cadáveres; se siente mucho nerviosismo e impotencia", declaró Ricardo, cuyo cuñado resultó herido.
Varios miembros de la Cruz Roja con un chaleco donde llevaban escrito "psicólogo" los acompañaron hacia la sala de
objetos perdidos, que se transformó en centro de crisis.
"Nos ha costado muchísimo llegar a la zona del accidente, ha sido duro, hemos llegado y hemos rescatado a las
víctimas que hemos podido", esgrimió Miguel Angel Sánchez, responsable de bomberos.
El aeropuerto de Las Palmas, el destino del vuelo JK5022, estaba repleto y familiares y amigos derrumbados esperaban
noticias sobre las víctimas, mientras los más allegados --sólo 2 personas por familia-- se embarcaron en un avión rumbo
a Madrid.
Personal médico y de ayuda psicológica cobijaron a los afectados y a la sala de acogida llegaron alimentos para
quienes pasaron la noche a la espera de noticias.