Las lágrimas derramadas por Juan Esteban Curuchet y Walter Pérez al término de la prueba fueron el resumen perfecto
de la primera medalla de oro conseguida por el ciclismo a lo largo de la historia olímpica.
El binomio argentino planteó la carrera de manera brillante, golpeó en el momento justo para sacar la vuelta y luego
de decidió a correr "con la cabeza", como sólo dos experimentados pueden hacerlo. Todo el esfuerzo quedó reflejado
cuando se acercaron para agarrar las banderas celestes y blancas que Gabriel Curuchet les dio para que reciban el
saludo del público.
Ni siquiera la proximidad de España, con Juan Llaneras como máximo referente, pudo hacer mella en los nuestros, que
se mostraron muy concentrados durante los 200 giros.
Las vueltas de la vida le dieron a Juan la posibilidad de cerrar su brillante carrera deportiva de la mejor manera.
No pudo en las cinco oportunidades anteriores que estuvo en los Juegos, pero esta fue la gran revancha. Luego de la
decepción del noveno puesto de Atenas hacer cuatro años extendió su retiro para llegar a Beijing. Es cierto que muchas
veces fue criticado por no dejar su lugar, pero los resultados demostraron que está intacto. Con un ladero excepcional
como "La Liebre" Pérez, el más chico de los Curuchet ofreció, a los 43 años, una clase magistral en una prueba que los
dos conocen a la perfección.
El ídolo de los marplatenses se baja de la bicicleta con un oro olímpico, además de haberse coronado campeón
mundial, panamericano, sudamericano y nacional de la especialidad. Qué más puede pedir... Si hasta su propio hermano,
ese con el que obtuvo muchos de los logros, estuvo en la pista para festejar. Sin dudas para Esteban (como lo llama su
familia) la despedida no pudo ser mejor.
Gustavo Carlos Astolfi/"La Nueva Provincia"