Difícilmente podríamos pensar hoy en Aldea Romana como la cuna de la industria bahiense, sobre todo porque siempre
fue considerada un lugar de quintas y, por sobre todas las cosas, por estar ubicada en el extremo opuesto a Ingeniero
White, el sector donde hoy se concentra la mayoría de las chimeneas y grandes fábricas locales.
Sin embargo, hace más de 150 años, las márgenes del Napostá fueron testigos de los comienzos de nuestra era
industrial.
En 1850 el vecino Vicente Dasso decidió instalar un precario pero efectivo molino que utilizaba el agua del arroyo
para mover una rueda moledora y así elaborar harina de calidad aceptable.
Si bien pudo imponer su producto al que provenía de la ciudad de Buenos Aires y bajar los precios, no logró aguantar
la fuerte presión fiscal de la época (quizás remoto antecedente de las actuales retenciones agropecuarias) y debió
abandonar el emprendimiento.
Cuando en 1859 el ingeniero Carlos Pellegrini visitó el lugar, sólo encontró restos de la rueda y un edificio en
ruinas.
Sin embargo, en 1882, la zona conocida ahora como Aldea Romana iba a estar llamada a ser asentamiento de un nuevo
molino, el de José Godio y Antonio Broccardo.
El establecimiento se llamó la "La Sirena", nombre de la panadería que poseía Broccardo. Pese al tiempo
transcurrido, el agua seguía siendo el elemento responsable de mover la rueda que molía el cereal.
Godio y Broccardo llegaron a elaborar 50 bolsas diarias de harina de buena calidad.
Hacia 1894 Broccardo había dejado la sociedad y José se asoció con su sobrino Luis Godio, quien asumió el manejo de
la firma en 1918.
Esos fueron los comienzos de una gran industria bahiense, la misma que en 1921 mudara el molino a un monumental
edificio propio en la esquina de Dorrego y General Paz, hoy en ruinas.
Pero volviendo al génesis de este emprendimiento, si bien el primitivo molino sucumbió al paso del tiempo, a escasos
metros de su emplazamiento aún puede advertirse un viejo puente de ladrillos.
La estructura, a primera vista insignificante, tuvo el destacado rol de vincular al molino con la ciudad,
permitiendo el paso de pesadas chatas tiradas por bueyes.
Impecablemente conservado, el puente está ubicado dentro de la propiedad de la familia Recchioni y dio pruebas de su
solidez cuando por él pasaron pesadas maquinarias destinadas al tendido de un electroducto.
A diferencia del antiguo molino Godio, el puente no está ubicado a orillas del arroyo Napostá, sino a unos 50
metros, sobre un canal derivador de este curso de agua, vinculando el sector con el camino La Carrindanga, por entonces
única vía de comunicación entre con la ciudad.
Ya han pasado pasado 126 desde que fuera construido y el puente sigue vivo, pese al desconocimiento o al olvido
oficial, los mismos que permitieron, a fines de los años '40, que el viejo molino terminase en ruinas.
Adrián Luciani/"La Nueva Provincia"