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   Lunes 17 de agosto de 2009
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GENERAL CERRI Y EL EMBLEMA PERDIDO
Cuatreros: el dolor de ya no ser

Miembros del foro vecinal "Cerri de Pie" y familiares de Osman Paglioni, uno de los últimos gerentes, constataron un penoso estado de abandono y progresivo deterioro de la planta que está en venta.


En el ayer quedaron los más de 1.200 obreros que se ganaban la vida en la planta de CAP. (Rodrigo García-LNP)

     El angustioso silencio es lo primero que impresiona al ingresar a "la fábrica" (como siempre le dijeron los cerrenses). Luego, entristece el abandono del maravilloso parque que rodea el chalet de la administración, diseñado por el paisajista francés Carlos Thays, amigo personal del fundador, Ernesto Tornquist.
     Cerrando los ojos, es posible recordar el bicicletero repleto y la playa de estacionamiento completa con los automotores de los más afortunados de los 1.200 empleados que llegó a albergar la planta. Muchos más ingresaban a pie o llegaban en los colectivos verdes de la empresa González.
     Otro golpe al corazón lo da la locomotora herrumbrada, que supo arrastrar hasta el muelle del puerto Cuatreros, reses, cortes y menudencias congeladas y conservas que hicieron famosas en el mundo las marcas Sansinena, La Negra, Silver Arrow y CAP.
     Más allá, la sede semiquemada de Inspección Veterinaria da cuenta del último incendio, ocurrido en diciembre de 2007.
     La oficina de madera, de neto cuño inglés, sector privilegiado de los controladores, resiste airosamente el paso del tiempo y hasta es posible pensar que la antigua balanza donde se pesaban los camiones aún podría registrar el paso de la vida, si acaso esta volviera a las vetustas instalaciones.
     El abasto y las cámaras, reconstruidos en la década del 60, aún se ven imponentes. Nada cuesta imaginarse los camiones de los abastecedores atracando a cada uno de los puestos, para llevarse las medias reses faenadas recientemente, que llegaban, por un sistema de roldanas, de las cámaras frías.
     El silencio es más sobrecogedor caminando por el espacio que separa el edificio de faena y despostada, también relativamente nuevo, del corazón del frigorífico, la sala de máquinas perteneciente a la estructura original, donde el ruido ensordecedor de las calderas no paraba jamás, sosteniendo el sistema de frío que llegaba a 45º bajo cero en las cámaras de congelamiento y todo el funcionamiento de la planta.
     Todo está dolorosamente vacío y quieto, aunque casi es posible ver la presencia fantasmagórica de tantos hombres y mujeres que aquí trabajaron, soñaron y vieron transcurrir su vida.
     Esta sensación es más punzante en un vestuario, cercano a la gerencia de producción, donde penden de unos ganchos guardapolvos que hace mucho fueron blancos, y las botas y los cascos parecen aguardar a sus eventuales usuarios.
     Es evidente que no sólo el tiempo y el desuso han causado estragos: los vándalos de siempre han hecho lo suyo, llevándose cosas de valor y destruyendo sistemáticamente el resto.
     Prácticamente, no quedan vidrios sanos en ningún edificio y el acre olor del excremento de paloma es el aroma predominante en todos lados.
     Ultimo agravio de los años: las paredes externas lucen multicolores, denotando que cultores de un nuevo juego, el paint ball usan el predio como escenario de incruentas, pero vandálicas batallas.

Como en Hiroshima
     Determinados lugares traen a la memoria fotografías de las ciudades japonesas bombardeadas, donde la vida se detuvo de golpe, y se estaría tentado de buscar, cerca de un armario metálico lleno de biblioratos, un archivador repleto de fichas y un escritorio que conserva los sellos, las tarjetas y hasta anotadores de los últimos que allí trabajaron, las cenizas de las infortunadas víctimas. Sobre una mesita, aún se advierten tres tacitas de café.
     Impresiona particularmente el laboratorio químico, con sus estanterías repletas de frascos con distintos elementos perfectamente identificados, y una retorta de cristal milagrosamente salvada, sobre una de las mesadas.
     En la oficina de contaduría, empolvados libros de leyes y códigos aguardan la mirada de imposibles consultores, mientras, en la planta alta, el despacho del gerente conserva sillones, cuadros, una hermosa biblioteca de madera tallada y una caja fuerte misteriosamente inviolada.
     La sala de reuniones del directorio es otro milagro de supervivencia, con su enorme y ornamentada mesa y las sillas tapizadas que parecen aguardar a Aldo Mosse, Arnaldo Rodríguez Hurtado, Hakon Haugaard y tantos otros directores de la gran Corporación de Productores de Carnes (CAP), algunos de los cuales aterrizaban sus avionetas particulares en los campos del frigorífico, cuando asistían a las asambleas.
     Las rampas de los vacunos y de los ovinos intactas conducen a un vallado sector de playas de faenas adonde es imposible acceder.
     Cerca de ellas, el pozo surgente que, desde una profundidad de casi 800 metros, continúa virtiendo por hora, en la ría, 40.000 litros de agua de primerísima calidad, a una temperatura de 65 grados centígrados. Cosas de nuestra Argentina...
     En el área donde se elaboraban las conservas, vuelve a surgir la sensación de imprevista hecatombe, ya que latitas oxidadas de paté y picadillo a medio armar todavía se encuentran sobre los carriles de las máquinas que las confeccionaban.

En busca del tiempo perdido
     Como una paradoja y una burla, en el ingreso a cada sección se lee una prolija consigna: "Higiene + Orden = Calidad".
     "Era el eslogan de nuestro padre, un verdadero fanático de la limpieza y de la sanidad, imprescindible en un lugar donde se elaboran alimentos", reflexiona Ricardo Paglioni, hijo de Osman Paglioni, quien, proveniente del mítico frigorífico Lisandro de La Torre, condujera la planta de Cerri durante 16 años, hasta su jubilación, en 1982.
     Después de 27 años, la familia volvió a entrar a la fábrica y una mezcla de sentimientos encontrados los conmovió hasta quebrarlos, contagiando a los integrantes del foro, quienes los acompañaron en su recorrida.
     "Para mí, fue recordar; es decir, pasar por el corazón la etapa más hermosa de mi vida, que fue mi infancia y mi adolescencia. Agradezco profundamente a quienes hicieron posible esto, porque no siempre se tiene en la vida esta posibilidad, volver a poder sentarme en la hamaca desde donde yo miraba, a los nueve años, las estrellas. A nivel personal, fue curativo por lo padecido en mi vida, ese reencuentro del corazón con la niñez, con la inocencia de uno. También el recuerdo de mi padre, que hoy ya no está, recorriendo un lugar que para él fue tan importante", se emocionó Silvia Paglioni, quien vino con su padre y toda su familia a Cerri cuando aquel fue designado gerente, en 1964.
     "Ojalá que podamos, entre todos los ciudadanos comprometidos, recuperar ese paraíso para beneficio de la comunidad. No pienso sólo en la franja de la vera del arroyo y del chalet, toda la planta debería poder generar empleo. Es una injusticia esto", subrayó.
     Norma, viuda de Osman Paglioni, aseguró que sintió una tristeza inmensa al ver todo tan abandonado.
     "Pero percibo la alegría de poder reencontrarme con esta gente, que es el alma del pueblo y representa a todos los que trabajaron en la fábrica. Fue verdaderamente reconfortante", sostuvo.
     Para Ricardo Paglioni, hijo de Osman, quien también trabajara en el frigorífico como comprador de hacienda, la experiencia le trajo gratos recuerdos.
     "Puede tener la oportunidad de que otra vez vuelva a ser lo que fue, porque este es un país muy rico en posibilidades, lástima que a veces no lo acompañamos los que integramos la sociedad", expresó.
     De la visita participó, también, como amigo del foro vecinal, el ingeniero Alberto Couto, quien se desempeña en TGS.
     Con una mirada empresarial, aportó que desde el punto de vista de una instalación tan importante como era el frigorífico, quedó muy impresionado por el estado en que se encuentra.
     "Quizás nunca pueda volver a ser lo que fue, pero creo que hay estructuras y elementos muy valiosos a los que habría que dar un destino", indicó.
     Pedro Noël, integrante del foro vecinal, quien, a pesar de residir en el pueblo desde hace 40 años, nunca había recorrido, aunque fuera parcialmente, la planta, también se sintió impactado.
     "No podía creer lo que es eso, lo que tendría que seguir siendo; nuestro, fundamentalmente. La palabra para mí es inconmensurable".
     La última reflexión tiene la friolera de 106 años, ya que fue publicada por don Enrique Julio, quien asistiera a la inauguración del frigorífico, el 1 de octubre de 1903.
     En la edición de "La Nueva Provincia" del día siguiente, publicó: "Visitamos, poseídos de la más grande admiración, todas las dependencias de ese poderoso establecimiento, porque él nos hablaba al alma, al alma de los argentinos, diciéndonos cuán próspera sería la Nación si sobre las márgenes de cada arroyo, si sobre el fondo de cada una de las bahías de nuestro espléndido litoral se pudieran contemplar monumentos de la industria como el 'Frigorífico Sansinena', que dan vida, nervio, poderoso impulso al comercio y a la industria, no sólo de una ciudad, sino de una región entera, de una gran región...".

La planta está en venta
     Nordheimer, empresa de negocios inmobiliarios, campos y estancias, con sede en Buenos Aires, anuncia en su página web la venta de la planta frigorífica fundada en 1905, y que, con interrupciones, operó hasta 2000. Indica que está preparada para la faena de vacunos y ovinos, y que cuenta con una superficie de 500 mil metros cuadrados construidos. Acompaña una minuciosa descripción con 19 fotos.
     Tras la quiebra del ex Frigorífico Translink, que había comprado Cuatreros, en los últimos días de febrero de 2007 el empresario Manuel Smiriglia formalizó el depósito judicial correspondiente, adquiriendo los bienes muebles por 2.668.000 pesos.

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