Lo dicen y repiten en cualquier usina del gobierno, pero es, en todo caso, un dato que salta a la vista: el gobierno
está decidido a superar los coletazos locales de la crisis global a golpe de anuncios. Aun con errores, contradicciones
y no pocas inequidades, la administración de Cristina Fernández intenta, con esa seguidilla entre nerviosa y afiebrada
de comunicar a cada rato alguna noticia, evitar que flagelos como la recesión, ya instalada en Estados Unidos y en los
países centrales de Europa, y en la misma Rusia, que acaba de visitar la presidenta, golpee estas costas y provoque
efectos políticos no deseados.
Es --dato también reconocido en los despachos oficiales-- una parte de la verdad. La otra es que el gobierno, y el
peronismo que comanda Néstor Kirchner, están convencidos a estas alturas, y a las puertas de un año electoral clave
como el que se viene, que se trata en última instancia de recuperar el favor y el voto de la clase media y de los
sectores bajos. Esa es la franja que, en cualquier encuesta que encargue el gobierno, aparece como una constante a la
hora de semblantear el panorama y apuntarle a un sector de la sociedad en especial. Una simple enumeración de las
medidas adoptadas en estos quince días permite comprobar el destino muy preciso que tendrán cuando sean aplicadas. Un
ministro que mira y remira aquellos papeles se ha animado a reconocer en la intimidad que el kirchnerismo no tiene
destino en las legislativas de octubre si antes no recupera el favor de esa porción mayoritaria de la ciudadanía.
Ese análisis de los estrategas gubernamentales se reconoce como de primera opción aun cuando se ponen sobre la mesa
algunas otras preocupaciones que podrían surgir, como es el armado incipiente de una oposición para enfrentar al
kirchnerismo el año que viene, y eventualmente en 2011, como la que ensayan por estas horas radicales, peronistas
disidentes, aristas y socialistas.
Una justificación más de superficie que entregan en la Casa Rosada apunta a sostener esta catarata frenética de
anuncios en el hecho de que, sencillamente, el mundo está haciendo lo mismo para cubrirse de la debacle. Ponen como
ejemplo lo que acaba de ocurrir en Francia, pero también en Brasil. En un flaco intento por exacerbar el protagonismo
internacional y regional de Cristina, dicen sus mentores que el presidente Lula está siguiendo los pasos de su colega
sudamericana para ponerse a salvo de la crisis. En verdad, Lula ha hecho bastante más que eso: se resolvió a bajar
impuestos, una medida que beneficia a las empresas y a los trabajadores, sin necesidad de complicadas alquimias sobre
precios de autos, tasas de interés para empresas o beneficios de dudosa aplicación en el corto plazo, como ocurre en la
Argentina. Queda claro que nunca en el gobierno se pensó en imitar al socio mayor del Mercosur. Nunca, en los análisis
de aquellos primeros días de la crisis global, tanto en el gobierno formal como en el que desde las sombras conduce
Kirchner en sus oficinas de Olivos, se pensó en una decisión de ese tenor.
Es evidente que Cristina Fernández ha resuelto exagerar su protagonismo, a veces hasta la exasperación, pero no es
algo que la incomode, ni mucho menos. Ella se siente en su salsa, y se reserva para su palabra y su atril cualquier
anuncio de los ya hechos y de los que queden por venir.
En ese tren imparable, el gobierno terminó por mezclar todo como en botica, y pecó de improvisado, cuando no de
temerario, en algunos casos. La presidenta ha pasado en raudo frenesí de anunciar polémicos blanqueos de capitales,
moratorias injustas de toda injusticia, incentivos para mejorar el empleo formal, un plan de 12.000 millones de pesos
para la compra de autos o de electrodomésticos mediante incentivo a empresas y planes de crédito con los fondos
confiscados a las ex AFJP, a explicar en tono maternal los componentes de una canasta navideña de 9 pesos de costo,
como ocurrió el jueves en Olivos.
Los defensores de la estrategia sostienen que es necesario, en los actuales momentos de crisis, "demostrar que hay
iniciativa política", que se está gobernando en medio de un tembladeral. Tembladeral que este mismo gobierno --cabría
refrescar-- ignoró olímpicamente allá en sus inicios. Ese esfuerzo no ha podido disimular mucha improvisación:
empresarios que son convocados de urgencia a Olivos sin saber el motivo de la llamada, o proyectos que se trabajaron
sin ningún consenso o análisis previo, como el de la venta de automóviles cero kilómetro para los sectores medios.
Subyace la crítica que hacen desde la oposición, pero también observadores y analistas independientes, quienes
advierten la incongruencia de lanzar este tipo de planes cuando los propios índices oficiales de inflación registran
una baja como consecuencia de la fuerte retracción del consumo, en especial de los que suponen endeudarse a largo
plazo, en medio de la crisis.
Hay inconsistencias y demostraciones que permiten corroborar, por si hacía falta, que estamos ante un gobierno, y
más que eso un estilo instalado en mayo de 2003, de gobernar según las tapas de los diarios del día. Es lo que parece
haber ocurrido con la decisión de enviar mañana un proyecto al Congreso para derogar la tablita de Machinea, por la
cual a partir del gobierno de la Alianza se calculó el impuesto a las Ganancias que deben tributar determinados niveles
de salarios. Hugo Moyano reconoce que pegó un brinco en su asiento cuando escuchó a la presidenta, el viernes al
mediodía, en Olivos. El camionero juró absoluta sorpresa, y eso que es uno de los que vienen reclamando desde hace
meses por el fin de esa disposición. El anuncio de Cristina tiene todo el tufillo de ser una decisión adoptada de
urgencia para correr detrás de aquellos anuncios sobre rebaja impositiva que hizo Lula. De hecho, en la Jefatura de
Gabinete se reconocía que los detalles de la iniciativa serían pulidos durante el fin de semana y dados a conocer
mañana por la tarde, en conferencia de prensa. El gobierno lo presentará, finalmente, como una baja de impuestos:
dejará de percibir por ese rubro unos 1.500 millones de pesos el año que viene.
Especulaciones al margen, lo que queda a la luz por cuerda separada es que el matrimonio Kirchner, más temprano que
tarde, termina siempre por zanjarle cualquier reclamo a Moyano. El camionero, que sabe dónde y cuándo pegar en el riñón
del poder, va por más, y buscará arrancar la enésima ceremonia en Olivos, pero para anunciar un aumento a los jubilados
antes de fin de año, y probablemente una suma fija para todos los trabajadores, a modo de medio aguinaldo extra.
Queda una vez más en evidencia, por si hacía falta, el derrotero espasmódico que ha recorrido Cristina desde que
estalló la crisis hasta estos días. Negó la necesidad de un Plan B para la Argentina y dijo que, en verdad, ese remedio
era lo que necesitaban Estados Unidos y sus aliados del mundo desarrollado. La realidad es que ahora vamos por el
capítulo cuarto de nuestro propio Plan B, y quedan por escribirse unos cuantos. ¿Puede creerse a quienes, desde el
cristinismo más duro, aseguran que la presidenta estaba convencida entonces de que la Argentina estaba mejor preparada
para afrontar la crisis, y por eso dijo lo que dijo? Más bien, una mirada hacia atrás permitiría sostener que la
mandataria no tenía la menor idea de que el terremoto también sacudiría a la Argentina. Ello explicaría con justeza
esta catarata de anuncios de medidas al voleo, que en muchos casos se preparan de la noche a la mañana, como el plan
para la compra de taxis nuevos anunciado el viernes o la decisión de eliminar la tablita ideada por el ex ministro de
Fernando de la Rúa.
Por si faltaba algo, entre las urgencias de Olivos para mostrar hechos, sin importar análisis previos o
consecuencias futuras, se produjo la escandalosa votación en Diputados de la ley de blanqueo de capitales. Un
instrumento que desde el vamos ha sido sospechado de estar hecho a la medida de los dineros negros, en muchos casos de
amigos del poder, que existen aquí y en el exterior. Si hay algo que esa ley, sometida de arranque a la mirada torva
hasta de la Casa Blanca, no necesitaba, era justamente un escándalo como el que acaba de ocurrir. Casi una demostración
de que el kirchnerismo no va a reparar en modales de aquí en adelante, cuando se trate de satisfacer los reclamos del
matrimonio gobernante.
La pregunta instalada en el escenario político es saber qué puede pasar con el proyecto en el Senado. El oficialismo
promete trámite relámpago y hasta la media sanción que le falta para darle formato definitivo de ley en una sesión a la
que convocará este miércoles. Hay allí un análisis que entregaban generosamente el viernes en despachos del gabinete
nacional. Dicen sus autores que de ningún modo puede esperarse un tropiezo como el sufrido por el gobierno al tratarse
la resolución 125. Recuerdan, en lo que suena al menos como un ensayo reduccionista de las cosas, que aquella vez no
sólo existió el voto no positivo de Julio Cobos, sino que hubo otros ocho senadores del oficialismo que votaron en
contra porque, según esos confidentes, "representaban los intereses del campo en sus provincias". Juran que esta vez
cuentan con al menos 37 votos seguros, necesarios para conseguir la escandalosa ley.
Un párrafo final sobre lo que se rescata en ambientes diplomáticos respecto del reciente viaje de Cristina Fernández
a Rusia. Se dice por allí que, tal vez con un año de demora, la presidenta ha podido sentar en esa breve gira los
cimientos de lo que aspira a cosechar en materia de relaciones internacionales y de posicionamiento de la Argentina en
el mundo. Cabría coincidir, al menos en parte, con ese análisis. La anterior gira por el norte de Africa, por citar
sólo una de tantas en el año de gobierno que acaba de cumplir, apenas dejó como saldo el ahínco de la dama por mostrar
en Buenos Aires lo mejor de los tesoros egipcios que se guardan en El Cairo.