¿Qué es la felicidad? Seguramente cada lector posee su propia definición y es probable que difiera de la enunciada
en el diccionario, que habla de "un estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien", también conocida como
"felicidad mercantil". Pero la cuestión importante --además del modo de percibir y vivir la felicidad-- es cómo cada
ser humano la expresa.
La protagonista de esta comedia deliberadamente vivaz y colorida lo hace a través de la risa. Una risa que bordea la
histeria, con la que pretende --de manera consciente o inconsciente-- contagiar su optimismo fundamentalista.
Se llama Pauline, pero es conocida como Poppy, tiene 30 años, es la mayor de tres hermanas y es muy buena maestra,
capaz de percibir los conflictos de sus alumnos y buscar las soluciones.
Desde hace diez años comparte un departamento con su amiga Zoe, quien admira la vitalidad de esta Miss Simpatía
versión british. Viste ropa colorida y ríe aun cuando sufre algún dolor. Por caso, cuando un osteópata procura
aliviarle sus molestias en la espalda. En cierta medida, es una fronteriza.
En el inicio del relato, Poppy ingresa a una librería con el fin de buscar material bibliográfico para sus clases.
Por azar se topa con un libro titulado El camino a la realidad
, pero lo vuelve a colocar en el estante diciendo: "No quiero transitar ese camino".
En otros términos, se niega a vivir la realidad malhumorada que observa en la gente con la que se topa en su devenir
cotidiano y se defiende con un arma que a ella le resulta eficaz: la risa y un optimismo desenfadado.
Claro que este comportamiento suyo puede irritar e inclusive lastimar a quienes no frecuentan su misma honda. Eso
ocurre, por ejemplo, con Scott, el instructor que le imparte clases de conducción, que es su exacta contracara:
malhumorado, irascible y racista.
Un hombre que parece siempre a punto de estallar y sintetiza la angustia existencial de los congéneres que pululan
las grandes ciudades. Pero, paradójicamente, será a través de este personaje que el director introduce, hacia el final,
unas palabras que a manera de moraleja deja a la protagonista "herida" y forzada a reflexionar sobre su modo de
relacionarse con el prójimo.
Los contrastes personales y sociales que vive Poppy es lo mejor de este filme del británico Mike Leigh, quien aquí
prefirió transitar la senda de la comedia, en un giro de 180 grados respecto de sus precedentes Secretos y mentiras
y, en particular, de El secreto de Vera Drake.
Se pueden hacer diferentes lecturas de esta propuesta: como una parábola casi subversiva, con intenciones de quebrar
el "dogma" de que la inocencia y la alegría son patrimonio de los niños; como un intento de mirar la realidad con
lentes de color: una manera de modificar de manera positiva las relaciones humanas; o de utilizar la risa como una
caparazón para enmascarar u ocultar la realidad a la manera de los avestruces.
Lo que no puede cuestionarse es la enorme versatilidad de Sally Hawkins, quien le proporciona a su personaje un
carisma singular, que puede resultar agradable o molesto según la percepción de cada espectador o el estado de ánimo
con que concurra al cine.
Hawkins ganó por su actuación en este filme el premio a la mejor actriz en el último Festival de Berlín y no es un
dato menor.
Es cuestionable la tendencia de Leigh de reiterar situaciones y alargar las escenas, quizás por la modalidad de
permitir a sus actores un margen de improvisación. Hay momentos muy logrados, como el conflicto final de Poppy con
Scott, la búsqueda de las causas de la agresividad de un alumno o las clases de flamenco, de las que ella participa con
la misma curiosidad con que encara cada situación de su vida.