Casos que dejaron huella

Casos que dejaron huella

Cuando la tragedia cambió para siempre el sentido de la Navidad

17/07/2017 | 07:00 | El 24 de diciembre de 1993, el vigilador Marcelo Terraza fue asesinado al intentar impedir un asalto en el supermercado que funcionaba en Di Sarli al 400.

Cuando la tragedia cambió para siempre el sentido de la Navidad. Casos que dejaron huella La Nueva. Bahía Blanca

Fotos: Sebastián Cortés y Archivo LN.

   “Siempre le decía a papá que hiciera otra cosa. Él era retirado de Prefectura y no tuvo mejor idea que seguir trabajando de vigilador. Creo que también lo hacía para hacer algo, porque mamá tenía problemas de salud. Él decidió hacer eso en El Planeta, pero eran tiempos difíciles y era previsible que pasara, aunque no el homicidio”

   El relato de Gustavo Terraza nos retrotrae a la víspera de la Navidad de 1993, cuando su padre, Marcelo Aristóbulo (69 años) fue asesinado mientras intentaba frustrar un asalto en el supermercado que funcionaba en Di Sarli 409, provocando el hecho una insuperable huella desgarradora en la familia de la víctima.

   “Esto ocurrió el 24 de diciembre de 1993, a eso de las 20, y yo me enteré cuando vinieron a casa a decirme. Esa noche iba a pasar la Navidad con ellos (en referencia a sus padres). Cuando me explicaron la situación fui al lugar y ya estaba fallecido. Me dejaron pasar y cuando me acerqué al cuerpo le volví a decir aquello que siempre le decía”, rememora Gustavo.

   El crimen se produjo en circunstancias que dos individuos armados llegaron al comercio y redujeron a varios empleados y a su propietario, Mario Partnoy, para apoderarse de la recaudación. Marcelo Terraza intentó abortar el accionar delictivo y se abalanzó sobre uno de los delincuentes, pero fue baleado a quemarropa por la espalda.

   La muerte del vigilador alteró definitivamente la habitualidad la familia, e incluso el dueño del supermercado cerró las puertas del local definitivamente.

   “Esa situación nos provocó un tremendo impacto, ya que él ejerció un patriarcado. Dejó su impronta porque decidía todo, y a partir de su muerte todo fue muy difícil, incluso hasta ahora”, reconoce Gustavo.

   “Cuando murió hubo que apuntalar a mamá (Luisa Marinozzi), quien sufría artritis reumatoide desde que me tuvo a mí. Incluso el médico le había dicho que no la iban a curar de eso. Progresivamente se fue postrando hasta que falleció en 2002”, asegura.

   “Mi hermano (Alejandro) se separó y volvió de Córdoba en el '95, porque le detectaron que tenía HIV. Y el 3 de junio último, a poco de cumplir 55 años, falleció en un hogar de tránsito al que yo lo había llevado. Ahora, mi tía (Rossina Marinozzi) y mi prima (Griselda) son toda mi familia”, comenta.

   Gustavo asocia aquella sugerencia desoída por su padre para que se dedicara a otra actividad con el trágico desenlace.

   “Papá era muy querido, pero así como era querido por algunos, a otros nos les cerraba. Es más, nosotros pensamos que lo que lo que le ocurrió fue un ajuste de cuentas. Ese es un concepto muy personal, pero nos llevaron a pensar eso”, dijo.

   Por el homicidio (causa 26.546), el 24 de octubre de 1995, resultaron condenados Walter Néstor Carrillo (22, al momento del hecho) y Mario Héctor Troncoso (25), quienes fueron sentenciados a cumplir 19 y 20 años de prisión, respectivamente, por los jueces Hugo Ángel Cavallaro, Jorge Félix Conget y Jorge Alberto Tarayre, integrantes de la Sala II de la Cámara de Apelación en lo Criminal y Correccional.

   En el caso específico de Troncoso -quien posteriormente estuvo estrechamente ligado a los "Doce Apóstoles" que comandaron el sangriento motín de Sierra Chica, hace poco más de veinte años y que terminó con la vida de ocho reclusos- el monto total de la sanción ascendió a 24 años de cárcel.

   Es que también fue sindicado como integrante de una banda que, el 26 de diciembre de 1989, perpetró un robo en perjuicio de Luis Amaya y Liliana Beatriz López (causa 26.553); un robo calificado en el que resultó damnificado José Barayazarra (26.555) y, pocos días antes del homicidio de Terraza, precisamente el 16 de diciembre de 1993, cometió otro robo calificado por el uso de armas pero en perjuicio de Alberto Gabriel Cintioli (26.554).

   “La vida de papá no la voy a recuperar, por eso cuando lo mataron lo único que pedía es que (los autores del hecho) no volvieran a cometer algo parecido”, concluyó Gustavo.

“Un tipo cordial”

   La víctima “era vecino del barrio” recuerda Eduardo Zanini, quien vive a escasos metros del lugar de la tragedia, y mencionó que Terraza “enfrentó a los ladrones para que no robaran y lo mataron. Esto que le digo es por comentarios, porque yo no estaba en Bahía cuando eso ocurrió, pero llegué al día siguiente y el barrio estaba alborotado”.

   Zanini consideraba a la víctima como “un tipo muy amable, muy cordial. Él ya estaba jubilado y se arrimaba unos pesos más a la jubilación. Fíjese cómo vino a encontrar la muerte el pobre hombre: queriendo llevar un poco más de pan a la casa. Esa es la realidad; un jubilado que trabaja lo hace porque no le alcanza”, reflexionó.

   Y para reforzar el concepto sobre la figura de Terraza, comentó que “se ve que el dueño (de El Planeta) lo respetaba mucho; a partir de ahí, en realidad a los pocos días, cerró las persianas y nunca más se abrieron. Después hubo un mayorista de mercaderías, pero no le fue bien”.

   Una actitud similar fue adoptada años después por el dueño del corralón Lacimen (ubicado en Vieytes al 2246), donde el 24 de abril de 2009 fue asesinado Ricardo Pelayes (42), también en ocasión de robo.

   “Eso fue más reciente y ocurrió a cuatro cuadras de acá, donde mataron a un chico macanudísimo, sensacional”, dijo Zanini.

   El hombre sostuvo que el trágico suceso registrado en El Planeta “no sé si no fue uno de los primeros robos de ese tipo en la ciudad. Ahora es como que estamos medio acostumbrados a que todos los días haya un hecho de sangre; pero antes no era así. Es tremendo lo que está pasando, como lo fue aquello también”.

   El último recuerdo lo exteriorizó un familiar político de Terraza, quien prefirió mantener en reserva su identidad.

   “Marcelo era cliente del lugar y sabía cómo controlar debido a su actividad anterior. Era muy servicial y se ofreció para hacer ese trabajo. Por comentarios sé que cuando se produjo el robo él se escondió entre las góndolas pensando que era un ladrón sólo. Y cuando lo sorprendió para evitar el robo el otro le disparó por detrás”.